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Amar a los enemigos

La actitud de perdón y de no responder a la violencia con violencia tiene muchos ejemplos
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Acontinuación de las Bienaventuranzas, el Evangelio de San Lucas recoge una enseñanza de Jesucristo que bien podría considerarse el núcleo de su doctrina: «A vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian.» Y para que no queden dudas de que esta enseñanza supera la actitud de venganza y concretamente la ley del talión, añade ejemplos: «Al que te pegue en una mejilla, ofrécele también la otra, y al que te quite el manto no le niegues también la túnica…»

¡Esto es excesivo!, podríamos pensar. ¿Quién es capaz de hacer esto? La respuesta la da el mismo Jesús con su vida, siempre coherente con sus palabras. Él mismo se ofreció a quienes le querían mal, se dejó clavar en la cruz y sus últimas palabras fueron de petición de perdón para sus verdugos. Fue, a imitación suya, lo que hizo Esteban, en la primera hora del martirio cristiano, y tantos otros santos.

La actitud de perdón y de no responder a la violencia con violencia ha tenido ejemplos muy señalados en personajes de la vida pública del siglo XX, como Gandhi, Luther King, Nelson Mandela… Todos ellos reconocieron inspirarse en el sermón de las Bienaventuranzas y en las palabras de Jesucristo sobre el amor.

Mandela hace esta reflexión en la última página de su autobiografía: «Los largos años de combate por la libertad de nuestro pueblo, se convirtieron en lucha por la libertad de todos: blancos y negros. Supe que el opresor necesita ser liberado tanto como el oprimido, porque aquel es prisionero del odio, mira a través de los barrotes de su prejuicio y su estrechez de miras».

El cristiano que renuncia a ser vengativo, no es por ello una persona que debe acogerlo todo pasivamente. Tiene la posibilidad, incluso el deber muchas veces, de hacer valer sus derechos como cualquier ciudadano. Lo que no puede hacer es dejarse llevar por la ira, por la sed de venganza, por un instinto primitivo de hacer mal a otros aunque se hayan portado mal con él.

Reivindicar derechos y no vengarse son actitudes compatibles. Fray Luis de León fue desposeído de la cátedra de Salamanca por rivalidades académicas que le llevaron a la Inquisición. Cuando, cinco años después, la recuperó tiende la mano a su difamador, avanza hacia la tribuna y pronuncia la famosa frase, como cerrando un paréntesis: «Decíamos ayer…».

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