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Amores de campaña

Que todas las noches sean noches de boda. Que todos los días sean campaña electoral
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Ella es rubia, alta y de ojos claros. Una sueca de manual (aunque vaya usted a saber, a lo mejor es de Vilallonga del Camp. Cosas de la globalización). Desde hace años que nos cruzamos cada día. Al principio la relación era fría, pero entre un cruce de miradas por aquí y una sonrisa por allá nos hemos ennoviado. Y ahí andamos, enamorados perdidos sin ni siquiera saber cómo nos llamamos.

De momento sólo nos saludamos y esperemos que no pase de eso porque entonces la cosa se empezaría a estropear. Ahora tenemos la relación perfecta. Es guapa, huele bien y parece simpática. No quiero más. Si profundizamos en el conocimiento seguramente aparecerá algún pero, y ahí, como diría Vargas Llosa, «se jodería el Perú». Así somos más felices. Y espérense que no acabemos formalizando la relación con cenas familiares y niños rubios corriendo alrededor de la mesa. Seguiremos sin saber nada el uno del otro pero con una mirada y una inclinación de cabeza ya tendremos bastante.

Ella es la sonrisa perenne, la ilusión, el qué felices seremos los dos, los primeros seis meses de una relación. Ella es como una campaña electoral.

Uno se entusiasma con las promesas de un político y luego si resulta elegido llega la decepción. Cuando no sabemos mucho de él nos gana con amabilidad, claridad de ideas, diciendo aquello que queremos escuchar… En cuanto pasa esa etapa de enamoramiento… lo de siempre. Altas expectativas que acaban en frustración. Por eso, si su partido no acaba ganando las elecciones, créame, es mejor así. Yo cuando voto lo hago cruzando los dedos para que no gane mi candidato, no vaya a ser que acabe venciendo y me lleve un desengaño.

En un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre unos recién conocidos acuerdan pasar una noche juntos sin darse ningún dato. Vivir esa noche y ya. Sin nombres, sin direcciones, sin planes. Acaban rompiendo el acuerdo y sabiendo el uno del otro. La relación dura dos capítulos.

Hay un estudio científico que asegura que las películas de Hollywood no son buenas para las relaciones amorosas. Que uno se acaba creyendo que lo que pasa en la pantalla puede pasar también en la vida real y claro, luego compara… Y pasa lo que pasa. Que la chica no levanta la pierna cuando besa y el chico no aparece con una limusina, champagne y rosas en busca de su amada. Hollywood son las dos semanas de campaña, la vida real son los cuatro años de mandato. En el cine uno puede decir, y nos lo creemos, «lo que más me gusta de ti son tus defectos» (les recomiendo la película Las muñecas rusas). En la vida real estamos dos días sin hablar a nuestra pareja cuando nos dice «cinco minutos y estoy» y acaba siendo una hora.

Si yo fuera de Podemos o Ciutadans rezaría para no gobernar. Ahora tienen focos, alfombra roja y estrella en el paseo de la fama. Si tocan poder y se afianza la relación, mucho me temo que la cosa irá cambiando y que los aplausos pueden convertirse en pitos.

Un día le pregunté a Dani Flaco, cantautor de L’Hospitalet, que últimamente anda con la guitarra por Madrid, si no le gustaría conocer a Sabina, al que él tiene en sus plegarias. Me respondió que no. Que prefería al Sabina de su imaginario, que no era partidario de conocer a sus ídolos por miedo a que se cayeran del altar. Yo sólo imaginar que un día me presentan a Jessica Chastain y descubro que hace ruido al comer o le huele el aliento ya me pongo a llorar. Que todas las noches sean noches de boda. Que todos los días sean campaña electoral.

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