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Andalucía como preludio

Ciudadanos y Podemos son una esperanza, pero si no administran bien su poder, pueden deshacerse como un azucarillo
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Andalucía ha sido el primer escenario de la competición como mínimo cuatripartita que habrá de desarrollarse primero en las comunidades autónomas y los entes locales, y después en todo el Estado. Y lo que está ocurriendo es inquietante. Los analistas políticos y los ciudadanos intuyen que algo no va bien en el nuevo modelo, que había de ser la panacea democrática tras el desacreditado bipartidismo. Celebradas las elecciones andaluzas, ganadas con un resultado indiscutible por Susana Díaz y su partido, estamos viendo cómo las nuevas formaciones comienzan a exigir una especie de pureza de sangre, y no para pactar un gobierno conjunto, que podría entenderse, sino para dejar gobernar a quien ha sido claramente designado por el electorado. La demora se debe a que nadie quiere retratarse antes del día 24. El pretexto es endeble desde el punto de vista ético, y sugiere una grave inconsistencia de las posiciones. Cuando un partido demora una decisión que piensa adoptar para no verse perjudicado en las urnas es que quiere embaucar a la ciudadanía. Y lo que ocurre en realidad en nuestro caso es que el voto dirigido a Podemos y a Ciudadanos no es apenas ideológico sino meramente intuitivo, dirigido a la imagen que proyecta el reclamo y no al contenido. Ciudadanos y Podemos son una esperanza de regeneración, pero si no administran bien su poder, pueden deshacerse como un azucarillo y no llegar siquiera intactos a las generales.

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