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Arroz pasado

A un colectivo amplio de nuestra sociedad, ´se le ha pasado el arroz´. Y de largo?
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Cuando mi abuela era joven, se utilizaba mucho una expresión determinada, a la hora de referirse a una muchacha la cual, habiendo alcanzado la edad de contraer matrimonio, no terminaba de comprometerse con nadie. Ante esa situación de posible soltería no deseada, la frase aplicada era: “Huy! Si no se da prisa en echarse novio, se le pasará el arroz!”

La frasecita tuvo éxito. Tanto que hoy en día todavía se escucha de vez en cuando, aunque, a Dios gracias, el miedo a convertirse en un “solterona”, ha pasado a mejor vida…

Sin embargo sigue siendo aplicable a otras circunstancias bien distintas, y hoy me voy a referir a una de ellas, de dramática actualidad. Y es que de unos años a esta parte, parece ser que a un colectivo tremendamente amplio de nuestra sociedad, de alguna manera “se le ha pasado el arroz”. Y de largo…

Pero entremos en materia. Me refiero, concretamente al ámbito laboral. Y me dirán Vds. que de menuda cosa estamos hablando! Pues sí: pese a los triunfalismos pre-electorales de algún que otro prócer gubernamental, el patio está hecho una verdadera pena. Una dramática pena, diría yo. Porque la macroeconomía está muy bien para los informes del FMI, y otros entes internacionales, cuyos integrantes no tienen ni idea de lo que es llegar a fin de mes (o a mitad de mes) con un sueldo de risa, como por ejemplo el salario mínimo interprofesional de nuestro maravillosamente “macroeconomizado” estado.

Pues bien, dentro de ese panorama gris marengo de nuestro mercado laboral, existe un colectivo, que me toca a mí muy de cerca, el cual ha alcanzado la dudosa cualidad de una invisibilidad casi absoluta. Y me refiero a los trabajadores “inactivos” ( menudo calificativo!), mayores de cuarenta y cinco años, que han tenido la mala suerte de quedarse sin empleo a una edad, en la que se presume alegremente que debes estar situadísimo en la vida, con una casa ya casi sin hipoteca, los hijos colocados, unas vacaciones de cine, y un coche “mayor de edad”, en la puerta. Pues no. De eso nada. Precisamente a esta edad, y dada la coyuntura “microeconómica” que atravesamos, y que es la que en realidad importa al ciudadano, lo habitual suele ser que la casa siga hipotecada, las vacaciones sean casi inexistentes, los hijos estén sin trabajo, y muchas veces aún, o de vuelta en casa, y lo de cambiar el coche…mejor ni mencionarlo.

Dicho así, como me expresado hasta ahora, parece un comentario entre ácido y jocoso. Sin embargo les puedo asegurar, y tal vez algunos de los lectores lo entiendan de primera mano, el caso es dramático. Muy dramático. Para hablar con propiedad, el llegar a las puertas de la edad madura, o a los aledaños de la jubilación, sin empleo, y sin un futuro definido, es una de las situaciones más traumáticas que se pueden vivir. Prueba de ello es la cantidad de diagnósticos de depresión severa que acarrean.

Porque, imagínense la situación: vienes de una generación en la que uno de los anhelos más grandes era la independencia económica, y por ende personal, que significaba tener tu primer trabajo. Era un triunfo, una afirmación de que, por fin, comenzabas a ser “tú”. Y la cadena continuaba. Sentías que tu autoestima crecía, no ya en proporción al sueldo, sino al grado de independencia que conseguías. Y así pasaban los años. Seguías en la misma empresa durante largo tiempo, o tenías la posibilidad de mejorar de empleo. Algo que nuestros jóvenes no conocen, ni creo que conozcan, de momento…

Pues bien, como decía, pasan los años, puede que llegues a tener hijos, que estudian a su vez, e intentan, digo intentan, acceder al mercado laboral, y un mal día, te anuncian que la empresa reduce personal, “para optimizar gastos”, o, directamente, y en el caso de pequeñas empresas, dramáticamente, cierran persiana, porque literalmente los impuestos se los comen.

Comienza entonces una época en la que te sientes, como Paco de Lucía “entre dos aguas”. Cobras el subsidio de desempleo, con suerte, y entre eso y la indemnización, contando con que la hubiere, parece que la cosa no pinta tan negra. Pero, ay! Pasa el tiempo, y lo que parecían unas pseudo- mini- vacaciones, se convierten en un calvario sin fin. Un calvario en el que vas de la ceca a la meca, enviando currículums a diestro y siniestro, hasta que un buen día te das cuenta de que tienes la edad inadecuada. Posees experiencia, sí; tus cargas familiares son menores, o no existen. Con la edad el sentido de la responsabilidad se ha agudizado, y lo de llegar el lunes tarde porque saliste de fiesta, ha pasado a la historia, si alguna vez sucedió. Es decir, estás en el momento óptimo para rendir al máximo. Pues no. Parece ser que ya no sirves. Que el tren pasó. En algunas empresas, directamente tu currículum va a la basura, en cuanto leen tu fecha de nacimiento. Y tú te preguntas, en plena madurez, o a las puertas de la jubilación, y tras una vida de trabajo y cotizaciones ¿qué narices va a pasar con tu vida? Siempre queda el recurso de los hijos, si es que ellos tienen la inmensa suerte de trabajar, pero ¿de verdad los has puesto en este mundo para esto? ¿vas a ser un lastre para sus propios y lógicos proyectos de vida? Evidentemente que ellos te ayudarán de corazón, lo mismo que aquellos familiares o personas de confianza que conozcan la situación, pero ¿es eso justo? Yo creo sinceramente que no. Ni para ellos, ni para el que sufre la amarga experiencia del desempleo tardío…

Quería hoy ser la voz de ese colectivo, enorme, de los “invisibles”, o “inservibles”. De esas personas que se levantan por la mañana, con un día más que sumar a sus espaldas, y con él, una oportunidad menos de salir del túnel…Con muchas horas para pensar. Con muchas facturas para pagar. Con muchas noches para no dormir. Y con unos deseos irrefrenables de cumplir con aquel párrafo de la Constitución, a la que los próceres utilizan como a la Biblia: escogiendo los versículos que les son más propicios…Un párrafo que dice: El español tiene el derecho y el deber, de contribuir con su trabajo, bla, bla, bla…” ¿Les suena?

Esperemos que, con los vientos nuevos, y la sangre renovada, se recobre la identidad laboral de tantos y tantos parados absolutamente deseperanzados. Porque, si no fuera así, tal vez es que esta sociedad digital, moderna, y civilizada, de verdad nos va a decir, como si fuéramos solteronas de principios del siglo XX: “Huy!!! Que pena!: Se os ha pasado el arroz!...”

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