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Asambleas

Antes que una asamblea, es mejor echar un voto en una urna y que sea lo que Dios quiera
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Al igual que en el mundo de la moda textil, en política casi todo vuelve. Y ahora han vuelto las asambleas populares. Como todos sabemos y como algunos se empeñan en pasar por alto, una asamblea viene a ser un guirigay sin demasiado rumbo y sin demasiada efectividad, pero disfruta del prestigio de promover la ficción de una especie de democracia primitiva, de una democracia real, a pesar de que las derivas asamblearias no siempre esquiven el riesgo de convertirse en surrealistas.

La asamblea popular se presenta como una alternativa a la falsificación oficial de la democracia, a la perversión que supone el convertir un régimen democrático en un régimen de despotismo democrático, aunque con la curiosidad desconcertante de que una asamblea no necesita ser representativa, sino sencillamente ser asamblearia. Juntas a 15 o 20 y voilà: la asamblea en persona.

Las de ahora no sé cómo serán, pero en mis tiempos de universitario una asamblea consistía en una reunión no autorizada en la que un estudiante enardecido se erigía en portavoz de la asamblea sin someterse al trámite asambleario, por autoridad infusa, como quien dice, y en la que un centenar de estudiantes no menos enardecidos que el portavoz acababan dándole la razón desde el mismo frente o llevándole la contraria desde varios frentes, lo que no era impedimento para que el portavoz asambleario, a falta de un criterio asambleario unificado, se afanarse en imponer su criterio a la asamblea, que no era raro que acabase entre pitos y abucheos al susodicho portavoz, que pasaba del enardecimiento al histerismo, incrédulo ante la irresponsabilidad de que la asamblea no asumiera las directrices asamblearias que proponía él en calidad de portavoz asambleario, y rara era la vez en que no amenazaba con disolver unilateralmente la asamblea si no se alcanzaba una resolución asamblearia, extremo bastante difícil de conseguir en cualquier asamblea, sobre todo si se tiene en cuenta que a ellas acude una cuota de adeptos, que van allí a aplaudir, y un cupo de reventadores, que van a soltar la pataleta.

Al igual que un árbol de Navidad, la democracia necesita adornos. Unos adornos que, como su nombre indica, solo sirven para adornar, pero que resultan imprescindibles para que un árbol deje de ser un simple árbol y se convierta en un objeto de trascendencia simbólica. El recurso a la asamblea cumple sin duda esa función ornamental. En un país en el que la mitad de la población no vota casi nunca, resulta un tanto misteriosa la fe en las asambleas populares, pero muy pesimista hay que ser para poner pegas al optimismo.

Aparte de eso, los defensores del método asambleario deben de vivir en chalets, ya que una simple asamblea de una comunidad de vecinos te lleva a la resignación: mejor echar un voto en una urna, en fin, y que sea lo que Dios quiera.

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