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Aún estamos a tiempo

Secundino Llorente

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Aún estamos a tiempo

Aún estamos a tiempo

Aún estamos a tiempo de evitar volver a pasar por las terribles y dramáticas situaciones que vivimos en marzo y abril.

Ya nos hemos olvidado de que fueron necesarios cien días de confinamiento absoluto para evitar espantoso y aterrador espectáculo en los hospitales con gran número de muertes.

Los sanitarios se “despepitan” advirtiéndonos de lo que nos espera si seguimos así. Ellos lo sintieron muy cerca en la primavera y no pueden entender que ya lo hayamos olvidado.

El día de San Juan, coincidiendo con el final del estado de alarma yo escribía en el periódico de León: «A la salida de este estado de alarma nos encontramos en un momento muy difícil, complicado y peligroso. Todos soñamos con que esto pasará pronto y que volveremos a estar de nuevo juntos, pero con calma y sin prisas, porque tenemos que tener muy claro que el enemigo sigue estando ahí, suelto y sin que podamos verlo. Hasta que no llegue la seguridad de una vacuna no debemos lanzar las campanas al vuelo. Sería muy triste que volviera a haber repuntes y tuviéramos que regresar al inicio de la desescalada. Deberíamos aprender de la historia que, a veces, se repite. La peor pandemia conocida fue la Gripe Española de 1918 en la que hubo más de quinientos millones de afectados y más de cincuenta millones de muertes. La mayoría de estas se produjeron en la segunda oleada, cuando los que se habían salvado de la primera comenzaron a celebrarlo con fiestas en las calles sin valorar el riesgo que tenían porque el virus aún no había desaparecido. ¡Dios quiera que un siglo más tarde seamos prudentes y disciplinados y no permitamos que la historia se repita! Adiós, estado de alarma, no vuelvas más, por Dios. ¡Feliz regreso para todos a la vieja normalidad anterior a esta pesadilla!».

Ni caso. Nadie ha escuchado a las autoridades políticas y sanitarias y, por supuesto, nadie hizo caso a mis palabras. En este mes y medio hemos caído en los mismos errores del 1918. Parece que lo hemos calcado.

La pandemia de 1918 recibe el nombre de «gripe española» porque España no estaba involucrada en la guerra mundial y aquí la prensa no tenía ninguna censura para informar sobre la epidemia como ocurría en el resto de Europa.

El origen de aquel virus parece estar en Estados Unidos en el mes de marzo del 1918 en un campamento militar de Kansas.

En la primera oleada de primavera en España se impuso el aislamiento y la desinfección obligatoria de objetos lo que evitó la debacle a pesar de los casi 30.000 difuntos.

Durante el verano se da un cierto relajamiento, se celebra y se festeja la superación de la pandemia, aunque el virus aún estaba allí y con una mutación incluso más letal.

En el mes de septiembre llega una segunda oleada con rebrotes masivos e incontrolados por ciudades y pueblos que produjo en el mundo el 70% de los más de 50 millones de fallecidos y unos 300.000 en España. ¡Terrible desolación!

Atacaba principalmente a los hombres jóvenes y quedaron pocos para llevar el negocio familiar, dirigir las granjas u otras profesiones y oficios.

Como consecuencia muchas mujeres tienen que quedarse solteras y muchas pasarán a ocupar trabajos hasta entonces sólo de hombres.

Posiblemente hasta hace unos meses muchos lectores no habríais oído hablar de la «gripe española» y, gracias al coronavirus, habréis conocido que esta fue la peor epidemia de la historia y ha sido catalogada como «la madre de todas las pandemias».

Estábamos muy advertidos de que la historia podía repetirse y, hasta aquí, lo estamos copiando al pie de la letra. Vamos lanzados al mismo precipicio de 1918.

En este mes y medio, desde el final del estado de alarma, he sido testigo de primera fila en Salou de la evolución de los rebrotes.

Ahora las culpas ya no están centradas en el gobierno o las autonomías, tampoco podemos culpar al turismo extranjero porque no ha venido. Ahora son los jóvenes los que acaparan casi todos los boletos.

En junio Salou era un paraíso maravilloso lleno de belleza, paz y silencio. Pero, lógicamente, duró muy poco esta calma.

Recuerdo que por estas fechas se celebraban los exámenes de selectividad y una profesora de un gran colegio de Barcelona que acompañaba a casi doscientos alumnos a las pruebas me comentaba: «Secundino, estos chicos están locos, no dan ninguna importancia al virus, no guardan ni distancias ni controles, al salir de cada examen todos se abrazan, no hacen ningún caso a nuestros consejos, se reúnen para comer y muchos para dormir, ya podemos prepararnos para lo que va a venir».

Aquí en Salou, se reunieron miles de alumnos para celebrar, como siempre, sus éxitos en la descafeinada selectividad de este curso. Verdaderas bandadas.

Era el único turismo de Salou que dormía por la tarde en la playa y rugía por la noche en los pubs y discotecas hasta el amanecer.

Algunos están acostumbrados al botellón semanal y continuaban esta costumbre en las playas o plazas del pueblo. Malditos botellones, cuántos problemas han originado. Los vecinos protestaban.

Cito su queja en este mismo periódico: «Los vecinos del entorno de la plaza Europa de Salou, hartos del botellón. Todos los fines semana por la noche tenemos que aguantar a jóvenes haciendo botellón en nuestros portales e incluso en las escaleras. Arman ruido, orinan y lo dejan todo perdido de basura: botellas de vidrio, vasos, bolsas...».

Por si esto fuera poco, aquí se juntan cada fin de semana la mayoría de despedidas de solteros y solteras de España.

No sé de donde salen tantos porque las estadísticas dicen que han bajado los matrimonios. Estos sí que vienen a «darlo todo» en dos días sin límites ni miramientos y, por supuesto, sin ninguna cautela y prevención.

Los grupos, la noche y el exceso de alcohol dan a entender lo demás. Ellos son jóvenes y se creen totalmente inmunes, aunque no siempre es así, he oído una entrevista al tenista búlgaro Grigor Dimitrov, con 29 años y una salud como un toro, confesando cómo le ha afectado el haber estado infectado por coronavirus con secuelas en su vida y en su juego.

Lo grave es que la mayoría de estos jóvenes son asintomáticos y al volver a casa con sus padres y abuelos originan focos de rebrotes sin enterarse. Y así estamos, en una situación de «focos descontrolados».

En Catalunya ya rondamos los 1.500 contagios diarios. Ya está bien. Hasta aquí hemos llegado. Vale de celebraciones. Se han suspendido todas las fiestas, desde las Fallas o Sanfermines a los miles de fiestas populares.

Parece que vamos en sentido contrario a las recomendaciones de las autoridades: mientras estas piden la supresión, se buscan motivos para celebrar más que nunca.

Nos encontramos en un momento crucial y la responsabilidad es de todos, no sólo de las autoridades. Los mayores y, principalmente, los padres somos muy importantes para concienciar a la juventud del peligro que nos acecha. Todos juntos podemos pararlo. ¡Aún estamos a tiempo!

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