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Pero oiga: ¿Por qué pita un estadio entero cuando se les ha advertido claramente que no pueden pitar?

Rafael Servent

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Entreguen los silbatos y disuélvanse. ¿Que no? Al juez van. Todos a ver al juez. ¿Pero quiénes? ¿Los que estaban en el estadio? ¿Los que pitaban en sus casas ante la tele? ¿Los que hacían tweets a costa de la pitada? ¿Los que miraban esos tweets? ¿Los que sonreían? ¿Los que cerraban los ojos y respiraban hondo? Bueno, vale: ahora vamos a hacer un informe para ver quién es responsable de todo esto. Y si el informe dice que hay que empapelar también a los silbatos, pues a empapelar se ha dicho. Que por papeles no quede. ¿Que todo esto ya se hizo hace años y el juez dijo que calma y un poquito de por favor? Pues haremos una nueva ley. Habrase visto. ¡A-los-tri-bu-na-les! Y así.

Por supuesto, molestarse en querer saber cómo hemos llegado hasta aquí no es ni una opción. Para algunos, La Ley y La Constitución son todo lo que necesitamos en este mundo. Porque preguntarse cómo un estadio entero se pone a pitar, por qué lo hace y, sobre todo, cómo podemos arreglarlo, no se les pasa por la cabeza. Bueno, sí: arreglarlo, están convencidos de que hay que arreglarlo. Y eso, por supuesto, sólo se arregla con sentencias judiciales. Mano dura, que una cosa es la libertad y otra el libertinaje.

Pero oiga: ¿Por qué pita un estadio entero cuando se les ha advertido claramente que no pueden pitar? ¿Por qué van y votan 2,3 millones de personas en una consulta si ya se les ha dicho que no pueden votar? Y a quién le importa el porqué, dirán. Aquí no se vota, ni se pita. Y punto. Pero sobre todo, no se habla. Dialogar es de débiles, pactar es de cobardes, escuchar es una pérdida de tiempo. Aquí sólo se cumple lo que dice la ley y la autoridad. Entreguen las urnas y los silbatos y cállense. Y claro: pues no. Y así vamos.

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