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Avergonzado de ser profesor

El colectivo de profesores, a pesar de ser educadores de los futuros ciudadanos y ciudadanas, no es más que un reflejo de la sociedad en que vivimos
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Hace un par de años escribí, en este mismo periódico, un artículo sobre el trato que los profesores recibíamos del Departament, de la dejadez, del abandono y la falta de formación, de un sistema escolar caduco, cercano al siglo XIX pero maquillado con teorías del XXI que nunca se hacen realidad porque no se apuesta por cambiar nada, por flexibilizar nada, por invertir en nada que huela a educación.

Hoy, la vergüenza la siento porque algo tan terrible como una muerte a cuchilladas me recuerda que el colectivo de profesores, a pesar de ser educadores de los futuros ciudadanos y ciudadanas, no es más que un reflejo de la sociedad en que vivimos: con sus luces y sus sombras.

Si nos damos una vuelta por foros y chats, o simplemente por la página de Facebook de sindicatos como la Ustec, constataremos el desprecio que algunos profesores (una minoría pero a pesar de ello demasiados) sienten por sus alumnos, por los enfermos mentales y por la diversidad que, afortunadamente, hay en las aulas: despotrican de la inclusión escolar (que dicho sea de paso, no se ha producido todavía), culpabilizan a los padres, a la sociedad, a todo el mundo menos a ellos mismos; abogan por encerrar a los enfermos en psiquiátricos o piden penas de cárcel para el niño y sus padres.

Otros, con absoluta maldad, relacionan la muerte de Abel con los problemas sociales, con la permisividad de los padres, con la hiperprotección de los menores, con los videojuegos, y otras perversidades que nada tienen que ver con lo acontecido. Lo que sea con tal de no pensar. Y es que el mundo de la educación, como en todos los mundos, también padecemos la ignorancia, la estupidez y la falta absoluta de rigor, de espíritu crítico, de madurez, de responsabilidad y de autonomíaque amenaza a nuestros contemporáneos.

En un país normal, la inspección educativa abriría expedientes a impresentables que ni saben ni quieren hacer bien su trabajo. Y así, el resto, podríamos empezar a construir un modelo educativo inclusivo y serio, para formar ciudadanos y ciudadanas libres, críticos y responsables. Y concentrarnos en nuestro trabajo y en reivindicar, con la contundencia que haga falta, las condiciones materiales, sociales y de formación óptimas para aplicarlo sin ambages; libres, por fin, del lastre de una minoría de parásitos que han confundido un centro escolar con una poltrona desde donde vomitar sus debilidades y frustraciones.

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