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Banderas y banderas

Resulta abominable el asesinato de un ciudadano por llevar unos tirantes con la bandera española
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Poseo un montón de gorros de todos los equipos de la NBA con los que me resguardo del sol y del frío; los tengo también con  otros emblemas, incluso publicitarios, que me pongo según me dicta el azar. El único con el que me lo pienso dos veces antes de encajármelo es el que lleva el escudo de España. Lo hago porque también es el único que suscita comentarios, no necesariamente negativos, pero sí con una incomodidad que no se produce cuando me cubro con el de los Chicago Bulls o el de los Nets de Brooklyn.

Ya es mala suerte la nuestra, pertenecer al único país en el que inspiran recelo los símbolos patrios, algo impensable en USA, donde en gran parte de las viviendas se exhibe con orgullo la enseña nacional. Por eso, resulta abominable y monstruoso el asesinato de un ciudadano por llevar unos tirantes en los que se veía la bandera española.

Al día siguiente del suceso paseaba yo por la plaza del Ayuntamiento de Valencia cuando vi pasar por ella a un individuo con un vestido de lana que todo él era la bandera republicana; como si fuese un estandarte andante. Por lo desvaído de los colores, supuse que el hombre llevaba ya años sometiendo su vestimenta al sol y a la lluvia. Estuve a punto de acercarme a él para comentarle su suerte por envolverse en una bandera que en España no conlleva ningún riesgo, a diferencia de lo que le ocurriría seguramente de lucir un traje con los símbolos constitucionales. Me contuve al pensar que el mero hecho de aproximarme podría considerarse ya una intimidación o hasta agresión: su vestimenta hacía de él una persona invulnerable a diferencia de la pobre víctima que llevaba tirantes con los colores de España. 
 

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