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Opinion EDITORIAL

Barcelona’92, el valor de la unidad

Debíamos haber aprendido mucho del ejemplo de Barcelona’92 y anteponer el interés de Tarragona por encima de estrategias de politiquería de campanario.

Josep Ramon Correal

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Puigdemont y el Rey Felipe VI se saludan fríamente ayer en Sant Cugat. EFE

Puigdemont y el Rey Felipe VI se saludan fríamente ayer en Sant Cugat. EFE

La demostración más palpable del éxito que supuso la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona’92 es que, 25 años después, sigue vivo su recuerdo como si el evento se acabara de celebrar. El triunfo colectivo fue posible por el trabajo en equipo y por la unidad de todas las administraciones. No fue fácil. Ahora, con la distancia del tiempo hemos olvidado el enfrentamiento que en aquellos años mantenían el Govern de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, con dos gigantes al frente, Jordi Pujol y Pasqual Maragall, rivales irreconciliables y líderes indiscutibles de la pugna del centro-derecha convergente y el centro-izquierda socialista. Hubo mucha guerra subterránea, pero ambos políticos evidenciaron su valía como estadistas al poner por delante el interés colectivo. La pax olímpica duró lo que duraron los Juegos, pero fue lo suficiente para garantizar el éxito del proyecto y recoger unos frutos de los que el país todavía se beneficia. Salvando las distancias hemos llorado reiteradamente que los Juegos del Mediterráneo de Tarragona 2018 no hayan dispuesta de la misma unidad en la propia ciudad. Debíamos haber aprendido mucho del ejemplo de Barcelona’92 y anteponer el interés de Tarragona por encima de estrategias de politiquería de campanario. Hay momentos en los que las ciudades deben de ser ambiciosas, como lo fue Barcelona en el 92. Hay momentos en los que los responsables políticos deben mostrar su grandeza con el sacrificio propio. Otra lección que no conviene olvidar es que Barcelona fue posible por el apoyo del conjunto de Catalunya y del conjunto del Estado (un Estado al que le ha costado Dios y ayuda apoyar a Tarragona 2018). El Rey puso ayer de manifiesto, en el acto institucional de recuerdo de Barcelona’92, que «los éxitos se consiguen cuando los españoles trabajan de forma conjunta». No deberían perder de vista este principio nuestros gobernantes de ahora, encerrados en posturas radicales y obcecados en buscar sólo la derrota del adversario. Una postura de cerrazón que nos conduce al fracaso colectivo.

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