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Bestias en el fútbol

Los estadios no sólo son para el fútbol, sino también para que se desfoguen los violentos
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No me extraña que en los campos de fútbol parte del público coree las mayores barbaridades, desde gritos nazis a apelaciones directas a la violencia. Al fin y al cabo, los estadios son unos recintos donde impera la impunidad. Siempre he dicho que para matar a alguien sin mayores consecuencias, lo mejor es patearle en el césped durante un partido. Lo más que te puede pasar es que te saquen una tarjeta roja directa.

Inconscientemente, lo acaba de reconocer el presidente atlético, Enrique Cerezo, cuando creía que nadie lo oía: “Quieren convertir los campos de fútbol en catedrales o teatros”. Se refería a la idea de sancionar al Betis por los cánticos machistas de gran número de aficionados.

El delito de éstos no ha sido menor. En una acción de solidaridad (¿complicidad?) con el jugador Rubén Castro, acusado de maltratar físicamente a su novia, cantaron a voz en grito: “No fue tu culpa. Era una puta. Lo hiciste bien”.

Evidentemente, semejante acción no es equiparable a las muertes violentas de aficionados, al vandalismo masivo y a los enfrentamientos criminales entre hinchas de diferentes equipos, como sucede con demasiada frecuencia. Pero es un mensaje de ánimo y de apoyo a todos los maltratadores domésticos que matan cada año a docenas de mujeres. Repugnante.

Claro que a lo mejor tienen razón quienes opinan que los estadios no sólo sirven para jugar al fútbol, sino también para que se desfogue la gente violenta y con instintos criminales: mejor hacerlo en el campo de fútbol que es su casa.

Puede ser. Pero en todo caso, aceptar eso sin más supone alentar el salvajismo y perdonarlo en vez de tratar de ponerle remedio.

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