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Bienvenido Míster Putin. Rusia no tiene otro destino que ser Rusia

Triunfo contundente. La victoria de Putin era previsible, pero lo que no se podía prever hace unos años es el nivel de dependencia que en Rusia existe de la figura del nuevo zar

Natàlia Rodríguez

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Rusia es sin duda el país más complejo y admirable del mundo. Siento ser tan categórica pero la pasión me viene de lejos, y quién comparta mi punto de vista sabe que pocos argumentos se le pueden oponer. 

Este fin de semana, mientras aguardábamos los previsibles resultados de las elecciones rusas, las televisiones francesas se apresuraban a intentar argumentar la victoria contundente de Vladimir Vladimirovich Putin.

Como si los argumentos fueran las claves para comprender una realidad que se nos antoja incompresible. Claro que Rusia nunca funcionó con criterios cartesianos, ni racionalistas (que sí racionales). 

Rusia es un país de emociones a flor de piel, de espacios descomunales que encierran a sus habitantes en prisiones infinitas. El gulag siberiano no necesitaba puertas, la inmensidad de la estepa era ya una prisión en sí misma.

Rusia es un país que se forja en batallas cruentas, en episodios espeluznantes: Borodino, Berezina, Leningrado, Stalingrado. Los muertos incontables.

Es el país con un lago que es un océano (Baikal), con un tren que es una columna vertebral (transiberiano) y con unas fronteras de miles de kilómetros entre Europa y Asia, entre oriente y occidente, en medio de las dos mitades con la que se expresa la humanidad, allí solos, los rusos, en tierra de nadie. 

Evidentemente la victoria de Putin era previsible, pero lo que no se podía prever hace unos años es el nivel de dependencia que en Rusia existe de la figura del nuevo zar. Porque al principio las cosas eran muy distintas.

Pero olvidamos los inicios para rescribir la historia como nos sale al viento. Vladimir Putin fue el más proeuropeo de los presidentes rusos de la historia.

El más prooccidental. Cuando su accesión al poder tras el desastre de la era Yelstin, Putin ofrece a la Unión Europea y a los Estados Unidos un proyecto global con una visión moderna, de superación de conflictos pasados.

Los occidentales le respondemos ampliando la OTAN, es decir llevando nuestros ejércitos hasta las fronteras mismas de Rusia (Lituania, Letonia, Estonia), y humillando en cada ocasión los intentos del joven Putin de construir un partenariado posible entre la nueva Rusia y el mundo occidental. 

El monstruo lo hemos creado nosotros con esa altanería que tanto nos regocija, con esa incapacidad de leer la historia, con esa vulgaridad que nos lleva a pensar en términos de verdades absolutas, cuando todo en la vida, pero sobre todo en la política internacional, es relativo.

Se equivocó Truman con Stalin y nos endilgaron la guerra fría y el muro de Berlín. Se equivocaron en Bruselas y Washington con Putin, y ahora tenemos a un autócrata convencido de su mesianismo como jefe del Kremlin. Un jefe del Kremlin que, entre otras cosas, controla la llave del gas europeo que permite a millones de personas no morir congeladas cada invierno. 

Rusia es el país más fascinante del planeta, el más real y el más complejo. No se puede ser tan grande, ocupar tanto espacio, y esperar que te comportes como un atolón del Pacífico. 

Rusia, no tiene otro destino que ser Rusia. Pero Europa y los EEUU podrían haber sido más generosos gestionando su victoria tras la caída del muro de Berlín. Hubiera sido lo más inteligente. Pero se nos fue la cosa de madre. Y en la venganza se nos forjó el monstruo. Y ahora toca lidiar con él, al menos durante una década más. 

Periodista. Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona.

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