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Bienvenidos a Solimar

Hay rincones estupendos de esta ciudad que son preciosos
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Hay rincones estupendos de esta ciudad que son preciosos. Han construido parte de su historia y de su armonioso respeto e integración ambiental. Solimar es un ejemplo de esta ciudad jardín residencial a sol naciente y que nos habla de ciertas buenas maneras de hacer urbanismo y arquitectura de una manera sencilla, natural, discreta pero elegante, transigente con el paisaje y con las formas suaves y poco agresivas.

Pero en Solimar parece que nunca hayan pasado las brigadas municipales de obras. Ya no tan solo para reparar pavimentos y bordillos rotos o deterioros en el asfalto. Solimar es hoy la excusa para hablarles del lamentable estado de los accesos a nuestras hermosas playas. Desde el Miracle hasta Tamarit, no hay ni un solo gesto urbano de calidad de diseño, de traza paisajística que anuncie la forma y el acceso a las playas en un discurso o lenguaje unificado, a modo de iconografía visual. El caso de Solimar es insólito, porque lleva algo cercano a 40 años a modo de agujero que pasa por debajo de la carretera nacional, casi como paso de contrabandistas. A nadie parece que se le haya ocurrido dignificar los accesos a las playas con un lenguaje y unas formas urbanas agradables y con un sentido de ciudad bien suturada, bien comunicada y suavemente bien relacionada con el mar.

Parece que el sol de levante no es bueno, y que solo haya vida en poniente. Y desde mi punto de vista, la administración local no puede olvidarse de la integración de los barrios residenciales de levante, cada vez más desconexos y dejados, en contrapunto a otros barrios de la ciudad donde la calidad de los espacios libres demuestra grandes dosis de inversión.

Acceso inadmisible

Llegar a la playa desde Solimar solo merece el calificativo de inapropiado e inadmisible para una ciudad que debe abrirse al mar y que pretende incentivar un turismo de calidad. Unas escaleras lúgubres, con una barandilla peligrosa, que van a parar a un espacio oscuro, con riesgo de caídas. Desde allí un sendero hacia la Playa Larga transita por parterres invadidos de plantas, casi sin espacio. Todo ello es una «educada» definición de lo que hay. Maleza, tierra y polvo para un sendero que ni tan siquiera permite llegar a las personas discapacitadas al mar.

Y es que en los pequeños gestos, los de bajo calado, los que suturan heridas de una ciudad, es donde se puede observar la sensibilidad urbana de los dirigentes. Pequeñas obras pueden hacer grande una ciudad mientras grandes obras pueden arruinarla y empequeñecerla. Estarán de acuerdo, sin entrar en el fondo del asunto, solo en la formalidad. Solimar no merece este menosprecio urbano en su relación al mar y merece un acceso apropiado y digno al ser una de las puertas de entrada a la ciudad y uno de los primeros puntos en que debe percibirse esa cálida y armoniosa bienvenida a una ciudad mediterránea.

Espacio y posibilidad técnica

En todos los ingredientes de este menú incomestible hay que destacar que hay el espacio suficiente y las posibilidades técnicas necesarias para implementar rampas y escaleras dignas para un paso necesario y muy transitado. Además, debe ser excusa para dignificar y limpiar los bosques colindantes ante la proliferación de basura entre pinos y maleza. Se trata, sin duda, de un pequeño proyecto urbano y de urbanidad para un barrio marginado y olvidado desde hace años. Se trata de una operación de solidaridad urbana con barrios que merecen un trato adecuado. Se trata de una pequeña operación cuyas obras pueden tener una gran aceptación y valoración, no solo vecina, sino de aquel visitante a la ciudad que dejará de recordar que para acceder a la playa casi debía arrastrarse entre suciedad, mugre y maleza. La Playa Larga, Solimar y Tarragona merecen ideas y resultados, simples pero efectivos.

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