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Botas sobre el terreno

¿Es razonable que EEUU vuelva a mandar sus tropas de tierra para combatir al Estado Islámico?
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A mediados del mes de febrero, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, remitió al Congreso un borrador de resolución solicitando la autorización formal del órgano legislativo para, bajo ciertos parámetros, combatir contra el Estado Islámico. Esto es, busca una cobertura jurídica en esta nueva fase de la guerra contra el terror.

La propuesta presidencial ha provocado un intenso debate. No olvidemos que el país lleva en guerra desde 2001 y, a fecha de hoy, ya han muerto más de siete mil militares norteamericanos en los frentes de Irak y Afganistán. Un conflicto demasiado largo y demasiado costoso, tanto en vidas como en dinero. Y unos logros, si es que los hay, demasiado tenues.

La guerra actualmente en curso está amparada por dos AUMF (acrónimo en inglés de ‘Autorización para el Uso de la Fuerza Militar’), ambas obtenidas por el presidente Bush júnior. La primera es del año 2001 (justo tras los atentados contra las torres gemelas), y cubre la lucha contra el terror en términos generales. La segunda es del año 2002 y autorizaba la invasión de Irak (con la finalidad de suprimir las inexistentes armas de destrucción masiva).

La autorización que ahora solicita el presidente Obama responde a criterios un tanto ambiguos. Por una parte, tiene un límite temporal de tres años y suprime la vigencia de la otorgada en 2002 (aunque no la genérica del año 2001). Pero, por otra parte, es sumamente ambigua ya que el ámbito de actuación geográfica queda abierto, permitiendo ataques en cualquier punto del globo, y además se dirige no solo contra el Estado Islámico sino también contra «personas o fuerzas» asociadas al mismo. Por tanto, maneja conceptos indeterminados.

Pero el punto más conflictivo radica en que la autorización solicitada prevé que la infantería retorne a aquellos campos de batalla de tan funesto recuerdo: de nuevo, se piden «botas sobre el terreno». Es cierto que el presidente descarta de modo expreso la posibilidad de «operaciones terrestres de combate que tengan carácter permanente», pero contempla ciertas actuaciones que pueden traicionar dicho propósito, tales como la intervención de fuerzas terrestres en operaciones de rescate u obtención de información sobre el terreno, o ataques de las fuerzas especiales para liquidar a los líderes del Estado Islámico.

Muchos demócratas (su propio partido) consideran que tales guías permiten hacer la guerra contra demasiados enemigos en demasiados lugares, y con el peligro de una escalada de los combates en tierra: la autorización solicitada se parecería demasiado a un cheque en blanco. Por el contrario, numerosos republicanos (el partido contrario) apoyan al presidente e incluso consideran que se queda corto en su beligerancia. Así las cosas, ¿es razonable que Estados Unidos vuelva a mandar sus tropas de tierra para combatir al Estado Islámico?

No, no lo es. Ya sé que los crímenes del Estado Islámico son cada vez más numerosos y más horribles, pero, en mi opinión, hay tres razones que justifican tal negativa.

Irak, Afganistán, Siria… son estados corruptos, por lo que los tratos con ellos han de limitarse lo máximo posible. Los norteamericanos siempre han querido solventar primero el conflicto militar y luego ya se preocuparían de arreglar la corrupción gubernamental (temen enfrentarse a los gobiernos). Pero ese momento nunca llega. Los ciudadanos ven la entrada del dinero americano, pero tal dinero se gestiona a través de un sistema mafioso en el que los oficiales y funcionarios locales se apropian del mismo para enriquecerse. Ello provoca la frustración de los iraquíes o afganos de a pie y el sentimiento de injusticia puede llevarlos a la insurgencia. De modo que los americanos gastan el dinero de sus impuestos para terminar pareciendo cómplices de los corruptos y cosechar una nueva dosis de odio. Mal negocio.

En segundo lugar, no se deben luchar las guerras de otros. Es clamoroso como los talibanes y los insurgentes, en general, tienen mucho más coraje y virtud militar que los afganos e iraquíes del ejército regular (pese a que sean de la misma etnia o incluso familia). Y es que no merece la pena arriesgar tu vida mientras sean los norteamericanos quienes arriesgan la suya: ¿para que vas a combatir tú si ya lo hacen otros por ti?

Bing West es un periodista y antiguo marine con larga experiencia en esos países. En su libro The Wrong War (la guerra equivocada), sobre Afganistán, nos cuenta como, durante años, lo oficiales norteamericanos tomaban el té con los ancianos de la localidad. Estos aceptaban los recursos y proyectos que les ofrecían (un pozo de agua aquí, una escuela allá, una carretera acullá), pero no daban nada a cambio, prefiriendo permanecer neutrales a la espera de ver quién ganaría la guerra. Y además se terminaba creando ‘un derecho a recibir a cambio de nada’. De nuevo el dinero de los contribuyentes americanos se gasta sin recibir agradecimiento alguno.

Finalmente, existe un abismo cultural infranqueable entre los ciudadanos de esos países, con su enorme énfasis en la religión, y los soldados norteamericanos. Para un afgano o un iraquí un americano es un infiel. Unos piensan que los otros viven bajo costumbres medievales, los otros piensan de los unos que son extraños e inmorales. El autor citado nos cuenta como los mismos niños que saludaban sonriendo a los soldados, minutos después ponían piedras en el camino para facilitar una emboscada en que los liquidasen.

Como dice el senador demócrata Joe Manchin III: «Si el dinero o el poder militar hubieran podido arreglar esa parte del mundo, hace tiempo que lo hubiéramos logrado... Aquí en Virginia ya sabemos el significado de la locura».

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