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Bowie

Rafael Servent

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No tengo anécdota a mano y no voy a declararme especialista ni nada parecido, así que respiren. Pero sí: los de David Bowie fueron algunos de los discos que llegué a comprar cuando Discos Castelló y Revolver, en la calle Tallers, eran una de las referencias que teníamos quienes fuimos adolescentes en la Barcelona olímpica y pretendíamos adquirir una cierta ‘cultura musical’ (que sonará a lo que sea, pero que en un mundo sin Internet así era). La cosa es que, antes de Spotify, comprar un disco era algo que solía reflexionarse bastante, porque valían su dinero y ocupaban su espacio, aunque fueran en CD. Y encima, en muchos casos, sin haberlo escuchado antes, porque no acostumbraban a ser discos que sonasen por la radio.

Comprar ‘a ciegas’ (aunque la expresión apropiada debería ser algo así como ‘a sorderas’), era un deporte de riesgo. Pero Bowie, la Velvet o Lou Reed (ahí va con calzador la referencia a la columna que no escribí cuando tocaba, y ahora me quedo tranquilo) eran, para algunos de nosotros, valores seguros. Podías comprar uno de sus discos sin haberlo escuchado, porque eran ‘clásicos’. El arte de David Bowie fue algo importante para unas cuantas generaciones. Para algunos, muy importante.

Y de arte va la cosa. Ahora que personajes como Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google, nos hablan de fusionarnos en pocos años con inteligencias artificiales para convertirnos en cyborgs transhumanos, en transición hacia la posthumanidad (insisto: este tío es un jefazo de Google que tiene asustada a gente como Stephen Hawking o Bill Gates con lo que pretende hacer con la Inteligencia Artificial), el arte, que nos singulariza como humanos, cobra más importancia que nunca.

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