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Cabos sueltos

El apetito del público es el mismo y hay que echarle comida a las fieras
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El año está dando las últimas boqueadas, pero el tiempo sigue. Lo único que sabemos de él es que transcurre sin prisa y sin pausa. Se nota que tiene mucho tiempo por delante. Allá él y aquí nosotros. El joven líder de Podemos ha triunfado en Barcelona llenando hasta la bandera, que no sabemos cuál será, el pabellón del Vall d’Hebron. No se veía tal cosa desde los tiempos de Chamaco, cuando los barceloneses no creían que repudiar las corridas de toros era la única manera de proclamarse la tribu más civilizada de las que habitan la península. Los tiempos cambian y ahora el ídolo de la afición ha sido reemplazado por el ídolo de la aflicción. Pablo Iglesias agrupa a los descontentos en la misma medida que el torero reunía a los que se contentaban con pasar un buen rato en la plaza. Todo ha cambiado, pero el apetito del público es el mismo y hay que echarle comida a las fieras.

Las cosas no son por algo, sino por todo. Somos bastantes los que creemos que Pablo Iglesias, con ese nombre o con otro, era algo que demandaba la sociedad española, ahíta de promesas y de engaños. ¿Son los líderes los que saben ponerse en cabeza de la manifestación o los que la congregan? La Historia, que es la maestra de la vida con peores discípulos, nos suministra ejemplos de todas clases. El señor Iglesias, profesor y político, se ha ofrecido en su nueva plaza como alternativa, aunque todavía sea un novillero, a la independencia que cerrilmente piden los viejos espadas. Apoya el derecho a decidir y está convencido de que la llamada «casta» ha agraviado a Cataluña. Es pronto para juzgarlo, pero tarde para detenerlo. Podemos sería la fuerza más votada en Cataluña en unas elecciones generales, según las encuestas. También es el político más valorado en el País Vasco. Las cosas se desenredarán cuando termine este año, pero seguirán enredadas el que se aproxima. Hemos quedado en que el tiempo no tiene prisa y va a lo suyo, que es lo nuestro.

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