Cada vez más tontos

El coeficiente intelectual indica una capacidad mental de carácter general, y nuestra sociedad avanza de forma imparable hacia un modelo formativo que no se orienta al saber sino al oficio. Y la ‘cultura general’ ha pasado a mejor vida

Danel Arzamendi

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Cada vez más tontos

El investigador neozelandés James R. Flynn publicó hace tres décadas un estudio sobre la evolución histórica del cociente intelectual general. Apoyándose en diversos test realizados de forma regular en una treintena de países, demostró que la capacidad mental del ser humano había sufrido una vertiginosa y continuada progresión a lo largo del siglo XX. Por aportar un dato ejemplificativo, un americano medio de 1900 alcanzaba un CI inferior a 70 según los actuales criterios de medición, lo que hoy en día se consideraría una cifra ciertamente limitada. Según el autor, durante ese intervalo, el incremento medio de padres a hijos superó los 10 puntos en los países occidentales: 15 puntos de subida intergeneracional en EEUU, 19 en España, 20 en los Países Bajos... A nivel mundial, el coeficiente intelectual aumentó 30 puntos en esos cien años, según los estudios de Jakob Pietschnig, profesor de la Universidad de Viena.

Esta tendencia positiva, de carácter aparentemente indefinido, fue posteriormente bautizada como ‘Efecto Flynn’ por los profesores Richard J. Herrnstein y Charles Murray en su controvertido libro The Bell Curve. Las causas que explicaban esta progresión no fueron unánimes dentro de la comunidad científica, aunque mayoritariamente se consideró que los factores determinantes tenían raíz ambiental: una mejora de la alimentación y la salud general, un enorme avance cuantitativo y cualitativo en los niveles educativos, una creciente exigencia mental en el ámbito laboral… Por ejemplo, a principios del siglo XX sólo un 3% de los trabajadores norteamericanos desarrollaba una actividad profesional «exigente a nivel cognitivo», frente al 35% actual.

Sin embargo, hace tres años, un equipo de investigadores noruegos publicó un nuevo estudio en la revista PNAS que sugería el colapso del Efecto Flynn. Según los datos aportados por estos autores, el coeficiente intelectual medio no sólo había frenado su ascenso en el país escandinavo, sino que comenzaba incluso a descender desde mediados de los años setenta. El trabajo extraía sus conclusiones de 730.000 pruebas realizadas a jóvenes de 18 años que realizaron el servicio militar entre 1962 y 1991. La media más alta se situaba en 1975, con un CI superior a los 102 puntos, y a partir de ese momento se evidenciaba un lento pero constante declive que reducía este índice promedio por debajo de los 100 puntos a principios de los años noventa.

Esta última investigación fue muy controvertida, especialmente desde la perspectiva de las causas de la inflexión. Algunos atribuyeron este ‘Efecto Flynn invertido’ a la sustitución de hábitos mentalmente estimulantes como la lectura, por otros menos exigentes, como la televisión o los videojuegos. No faltaron algunas tesis, aprovechadas por la derecha xenófoba, que relacionaron esta reducción media con el auge migratorio desde países con tasas más bajas, derivadas de sus peores condiciones de nutrición y escolarización. También se plantearon propuestas de involución genética, que vinculaban este fenómeno con la relación inversamente proporcional entre nivel educativo familiar y número de hijos por hogar en las sociedades avanzadas. Hay más factores que podrían explicar esta regresión, como el modelo en que se basan los propios test de inteligencia, que se centran en unos indicadores convencionales (como las habilidades aritméticas o lingüísticas) e ignoran otros progresivamente valorados (como la aptitud para afrontar procesos de resolución de problemas).

En cualquier caso, las estadísticas noruegas sugieren que las pruebas tradicionales para medir la capacidad mental son resueltas de forma cada vez menos exitosa por los jóvenes occidentales (frente a una evolución contraria en los países en vías de desarrollo). Llegados a este punto, merece especial atención la reflexión del propio Pietschnig, quien considera que este retroceso puede ser «una consecuencia necesaria de la especialización del ser humano en diferentes dominios». Efectivamente, el coeficiente intelectual indica una capacidad mental de carácter general, y nuestra sociedad avanza de forma imparable hacia un modelo formativo que no se orienta al saber sino al oficio, sustituyendo el conocimiento transversal por la técnica concreta, y el bagaje enriquecedor por la habilidad práctica. No hace falta hablar con muchos adolescentes para descubrir que aquello que conocíamos como ‘cultura general’ ha pasado a mejor vida.

Esta reducción del espectro de curiosidad y competencia no sólo representa un empobrecimiento a nivel individual, sino también un peligro para la consistencia del debate público y la salud de nuestras democracias. En efecto, la participación eficazmente activa de la ciudadanía en el devenir colectivo, aunque sólo sea a título de mero votante, requiere cierta capacidad para desarrollar razonamientos abstractos y complejos de una realidad crecientemente poliédrica, construidos necesariamente sobre una base previa de carácter interdisciplinar (filosófica, histórica, geográfica, económica…) que parece situarse en una órbita cada vez más alejada de las nuevas generaciones. Una mirada miope sobre el mundo en que vivimos, sin posibilidad de levantar la vista hacia temas que nos son ajenos en lo profesional, impide que realicemos una composición de lugar global sobre la sociedad que nos envuelve, vetando cualquier posibilidad de analizar con espíritu crítico el modo de resolver los problemas que nos aquejan de forma rigurosa, sumiéndonos en un páramo mental dominado por los populistas de pancarta, los analfabetos televisivos y los cenutrios que triunfan en las redes sociales.

Woody Allen decía irónicamente que el dinero no da la felicidad, pero provoca una sensación tan parecida que sólo un especialista es capaz de diferenciarla. ¿Estamos construyendo una sociedad cada vez más tonta? Parafraseando al genio neoyorkino, yo diría que no, aunque tendrá una apariencia tan similar que sólo un experto será capaz de distinguirla.

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