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Cara de póker

Juan Ballester

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En ocasiones para documentarse no basta la Wikipedia o tirar de biblioteca, y has de levantarte del despacho, ducharte, ponerte una americana y salir al campo. Quería insistir en el tema de la tribuna anterior que preocupa y afecta a la vida y al futuro de mucha gente, así que el viernes me inscribí en un concurso de póker abierto por si entendía mejor este juego de la democracia.

Tenía curiosidad por saber cómo eran esos multitudinarios encuentros de tahúres en los que participa gente jovencísima, pero si has invertido a bolsa a corto plazo, resulta tan cándido que se asemeja más a la lotería o al bingo: te enganchas con 35 euros, la postura mínima son 5 céntimos, y gana el que elimina a todos los demás.

Llegué al casino temprano y me entretuve apostando en las máquinas, la ruleta y al 21 bromeando con el croupier que deberán modificar la Ley del Juego cambiando el nombre a las tragaperras que ya no aceptan monedas, y el artículo del Reglamento de Casinos que prohíbe que sus trajes puedan llevar bolsillos, echando de menos las glamurosas fichas francesas de canto redondo. «Sólo hace falta ver Star Wars VII para descubrir que la tecnología nació a imagen de la realidad, y no veas a la Princesa Laia o Luke Skywalker», me dijo.

A las ocho, los aparcacoches no daban abasto, pero ni los vehículos ni los jugadores a quienes abrían las puertas parecían tan pudientes como los de San Pere de Ribes, antes de que modificaran la ley para trasladar la licencia a unos semisótanos frente a un lujoso hotel de Barcelona (World) Cuando se despenalizó el juego, en 1977, los casinos debían instalarse en lugares monumentales para que sintieras postración, y alejados de sitios concurridos a fin de que acudir fuera premeditado y no pudiera tentarse a una señora con las cuatro perras que tenía para la compra.

Serio no es lo contrario de divertido, su antónimo es frívolo o trivial. Lo contrario de divertido es aburrido, y un plomo es un niño que no sabe jugar al rol de indio, vaquero, policía, ladrón, papá, mamá, médico y enfermera. En otra tribuna escribíamos sobre el valor pedagógico del juego en los nativos digitales, que ganan o pierden en la consola, saltan de pantalla y deben encontrar su nivel de juego en la vida: Fácil, Normal, Experto o Aplastante.

Ahora bien, como nos enseñó Freud, el juego también es la expresión innata de los deseos no satisfechos, y de la timba de póker para formar gobiernos tras las elecciones es de lo que estamos tratando. Del juego que impulsó a Dostoyevski a apostarse con su editor nueve años de derechos de autor si no entregaba en plazo El jugador que escribió en 24 días porque sólo tuvo que dar forma literaria a su adicción a la ruleta.

Esa faceta patológica que lleva a los ludópatas a auto-prohibirse la entrada, es donde se asienta el beneficio de los casinos. Ahí ya no interviene la racha, la destreza, la intuición o las probabilidades, sino que la Casa convida a ese enemigo que habita en los jugadores y que Stefan Zweig retrató, antes de suicidarse víctima del Síndrome de La mujer de Lot, en su obra póstuma Novela de Ajedrez.

El personaje ha sido torturado por los nazis encerrándolo en un espacio blanco y lucha contra la locura con un manual de ajedrez, imaginando tableros en la pared. Años más tarde es liberado y embarca casualmente con el campeón del mundo al que analiza mientras juega con pasajeros, y tras jurarse a sí mismo que habrá una sola partida, lo reta y consigue hacer tablas. Luego, el antagonista le pide revancha, el protagonista pierde, y el autor se convierte en estatua de sal por mirar hacia atrás con nostalgia.

Al sentarme en mi mesa, me disculpé por estar documentándome y no saber jugar. No me fue difícil reconocer a Junqueras que exhibía dobles parejas cuando Mas llevaba figuras, o a Rajoy quien con la mano diestra intercalaba las fichas que tenía sin atender a las que le faltaban. Había en las cartas compartidas un proyecto de referéndum de color, y Rivera mostraba los montoncitos y pintaba una y otra vez sus naipes.

Yo no conocía las reglas, y al pedir que me canjearan mi dinero porque debía marcharme al Txantxangorri a cenar con un empresario que quiere que lo nacionalicen para que le paguen las doscientas nóminas, Iglesias me informó de que los jugadores pueden irse, pero que las fichas se quedaban sobre el paño. Porque aquí se depende demasiado del poder público a diferencia de otros países más demócratas en donde vota menos gente.

Pregunté al croupier si podía regalarlas y apagar la televisión los próximos años para no aguantar el estilo chulesco de esa partida en que las caras hablaban como poemas, pero me respondió que el cambio es lo único inmutable y esperé hasta conseguir endosarle el resto a mi vecino. Y dejando mi lugar a Puigdemont quien se ganó al personal anunciando que los invasores serán expulsados a patadas, le di unas palmaditas a Pedro Sánchez que, aunque no gane la partida cuyo fin se preveía sobre las tres de la madrugada, tenía más amigos en el tapete, que en su propia casa.

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