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Carmen Rigalt: noticia de su vida

Acabo de hacer un viaje por Tarragona sin mover el culo de un sillón Poäng de Ikea.  Concretamente, donde más tiempo he pasado es en Tivissa

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

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ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

¡Hola vecinos! Acabo de hacer un viaje por Tarragona sin mover el culo de un sillón Poäng de Ikea. Concretamente, donde más tiempo he pasado es en Tivissa, en la parte oriental de la comarca de Ribera de Ebro limitando con la del Bajo Campo. Han sido dos jornadas de ‘culo en Poäng’ y he estado también en Pamplona, Madrid y en mi propia ciudad, Zaragoza. Pero donde he podido dejarme seducir por un entorno hasta ahora desconocido ha sido en Tivissa. Lo que viene siendo el quinto pueblo más bonito de toda Cataluña en un ranking que, lo más probable, es que a los tivisanos no les parezca del todo justo. Una pista para los pumaños: Tivissa se encuentra a la altura de Miami Playa (ni se os ocurra decir ‘Maiami’), pero a unos 15 kilómetros tierra adentro.

No he ido sólo. Me ha llevado de la mano Carmen Rigalt Tarragó, periodista y escritora (Vinaixa, Lérida. 1949) con Noticia de mi vida. O sea de su vida de ella; no de la mía. Un libro de recuerdos personales expresados un poco al tresbolillo, sin mucho orden ni concierto, yendo adelante y atrás por la niñez, la profesión, los entornos, la familia, los amores, la universidad, los sustos, las redacciones de periódicos, las gentes famosas o sin famosear. Cualquiera diría que un libro así es un despropósito. Pues no. Es un libro estupendo que desprende espontaneidad, sentido del humor y sorpresas.

Los veranos pandilleros en Tivissa, el pueblo de la abuela Primitiva, resultan encantadores. Incluyen a un grupo aragonés, del que hay un núcleo duro: los cinco hermanos Castillo, y un tal Jaime ‘el Maño’. Tivissa fue la primera localidad en España que difundió los bandos municipales por megafonía y, una vez que se perdió en sus calles una viejita alemana, le enchufaron el sistema megafónico, le pasaron el micrófono y ella misma pidió socorro -en perfecto alemán- llamando a los familiares que la andaban buscando, se supone que con una cierta desazón. La familia se presentó ipso facto a rescatarla, pero los vecinos del pueblo no entendieron nada de lo que decía aquel pregón de voz alterada, cascarriosa e idioma inextricable. Algún payés, por si acaso, se iría a buscar la escopeta.

Total: que ahora siento ansia de buscar un hotelito rural en Tivissa e ir a conocer ese lugar de recreo de Carmen Rigalt. Y, a ser posible, perderme y que me dejen pedir socorro a Inmi, mi mujer, por megafonía. Ha de resultar llamativo escuchar de repente por los altavoces del pueblo el tono gangoso de un hemiglosectomizado a causa de cáncer de boca y cuello, al que no se le entiende un pijo de lo que habla.

Decía que he estado también en mi ciudad, en Zaragoza, sin cantearme del Poäng de Ikea. Al señor padre de Carmen Rigalt se le ocurrió montar aquí una fábrica de jabón. Jabón del tocho, con grasas de origen animal o vegetal. Del de lavar frota que te frota sobre tabla de madera, piedra del río o lavadero rural. Solo que ya se empezaban a comercializar las máquinas automáticas domésticas -conocidas sabiamente como lavadoras- y su detergente industrial, mezcla de productos sintéticos y derivados del petróleo. El ‘OMO lava más blanco’, vaya. La fábrica de jabón de don Luis Rigalt duró unos pocos años y se fue al garete dejando a la familia en una profunda crisis económica.

A pesar de ello, Carmen mantiene una corriente de afecto hacia Zaragoza, donde se quedó viviendo un tiempo acogida por los Jiménez, familia amiga de sus padres, en tanto estos se recomponían del revés en Barcelona. El único recuerdo reguleras hace referencia al viento invernal del Moncayo, el cierzo: «Los inviernos en Zaragoza constituían una experiencia dramática», asegura. Por lo demás, en Zaragoza supo apreciar la exquisitez del plato más barato descubierto por su señora madre para emerger de la pobreza con dignidad: las madejas. Son rollos de intestino de cordero, que servía en la fuente más lujosa de su vajilla. Casquería elegante. Menuceles con clase. Las tienes en cualquier tasca bar de la ciudad de los pumas donde se cuide lo autóctono.

A Carmen Rigalt le dio puerta de El Mundo un tipo que comía cacahuetes como un poseso sentado en la rotonda del Palace de Madrid. Esas no son maneras de echarte de un periódico en el que llevas años haciendo la vida amena y agradable a los lectores. Carmen, entonces, se dedicó a escribir Noticia de mi vida como una forma de recuperar la memoria. Y de animarme -sin pretenderlo- a viajar a Tivissa.

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  • Cartas de un puma
  • Carmen Rigalt Tarragó

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