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Carta para Elisa

Juan Ballester

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Los Tribunos fueron una figura de la República de Roma defensora de los plebeyos que debían tener su casa abierta día y noche, y ya iba siendo hora de que alguno homenajeara a los lectores como Mª Elisa. Ella es una asidua remitente de Cartas al Director que debería tener un lugar en las reuniones de articulistas por ocupar más centímetros cuadrados que muchos de nosotros. Y que supongo que hoy se llevará un susto viendo que el Diari le contesta contraviniendo las normas de la sección.

Ambos sabemos que hasta el pasado siglo, el intercambio epistolar era entre Juan y Elisa, pero que, al igual que ella envía cartas al Estimado Sr. Director sabiendo que sólo es un mero transmisor que no se hace responsable de su contenido, yo me permito personificar en Elisa a los lectores para darles las gracias por estar en el banco de la paciencia -casi mil palabras en estos tiempos de Epidermis Informativa que nos están llevando a otros en los que la lectura pausada se reservaba a los monjes.

Las Cartas al Director fueron introducidas por Dunton en el diario The Mercury bajo el nombre de Diálogo con los lectores durante el primer tercio del siglo XVIII, y una redactada de forma muy elegante explicaba el misterioso temblor que sufría un hombre cuando terminaba de orinar. Desde entonces, La Voz de los Lectores o Tribuna Popular ha desempeñado un importantísimo papel en el periodismo moderno, creando la opinión pública, levantado barricadas o sirviendo de forma de comunicación clandestina en la guerras.

Sin embargo, en nuestros días, sólo son una forma más de expresión de los lectores, y es interesante descubrir cómo las nuevas tecnologías hacen evolucionar la lectura y la escritura hasta triturar el lenguaje. Puesto que, en este mismo diario, se recogen blogs, tuits, post, imágenes o encuestas para que se pronuncien aquellos a los que les cuesta seguir el hilo argumental de un artículo tanto como rellenar un anuncio por palabras.

Hay un diseñador de juegos de aprendizaje llamado Marc Prensky que ha acuñado la expresión Nativos digitales e Inmigrantes digitales para referirse a ellos y a nosotros. Según el Doctor Berry, de Baylor, los primeros ya presentan una incipiente modificación encefálica en la parte frontal donde reside la zona de lecto-escritura. Los Inmigrantes Digitales son los que nos sentimos náufragos en la red porque hemos llegado en patera desde la lectura lineal y nos acoplamos como buenamente podemos al lenguaje hipertextual (donde nada tiene un principio ni un fin)

Para que comprendan la diferencia, les pongo un ejemplo de este mismo diario. El día 29 de diciembre, un Tuit de la página 7 decía que «Las posibilidades de que empatara la CUP el 27-D a 1512 votos, eran del cincuenta por ciento». Y en la misma página, había un post con el foto-montaje de Jordi Pujol votando en la próxima asamblea, (en la ilustración), que aclaraba en su pie: «Acreditades 70 persones noves para la propera votació». La Carta del Día, tuya, decía que los cupaires han convertido a Artur Mas en un muñeco, y esta Tribuna firmada por el prestigioso columnista Salvador Aragonés, -apellidado como María Elisa-, coincidía con la Revista del blog en afirmar que el Proceso, salga lo que salga, se ha ganado a pulso el desprestigio internacional.

Otro concepto moderno para ir bajándose del púlpito, también causado por la info-saturación de las nuevas tecnologías, es el Periodismo 3.0, que consiste en que los Nativos digitales que han vivido en una habitación rodeados de ventanas, ya no están dispuestos a que la información proceda de un solo foco. Y amparados por la Declaración Universal de Derechos Humanos, se sienten con tanto derecho a recibirla como a difundirla. Este periodismo de la calle, también llamado ciudadano o de guerrilla, aconsejaría una nueva sección con una pared de ladrillos por si algún gamberro quiere expresarse con un graffiti.

Hay una tercera distancia reseñable que aconseja ir regresando a los comics, y que constituye la base pedagógica del trabajo de Marc Prensky. Y es que los Nativos Digitales que han estado sometidos a la contracción nerviosa de los videojuegos, ya no tienen el menor interés en aprender si no es de una forma lúdica. De ahí que debamos ser nosotros quienes atravesemos la brecha digital para comunicarnos con esos seres a los que sus profesores no entienden porque ya no hablamos la misma lengua.

Las Cartas al Director y sus diversas formas de evolución, son mi sección preferida. Hay de queja por situaciones abusivas, de agradecimiento por un buen trato; de puntualización o desmentido de alguna noticia, o de discusión acalorada, como en La Vanguardia que estuvieron años opinando sobre el dry Martini, y en la que yo caí en la tentación de participar mandando mi opinión sobre la forma que ha de tener la copa de cóctel para poder tragarse la aceituna -sin anchoa- al segundo trago.

Ánimo a usted, Elisa, a que no paséis de todo, a que escribáis en cualquiera formato, porque de esa antigua interactividad ideada hace tres siglos depende la calidad de un diario, que es de todos. Esto lo saben bien en The Times que posee uno de los buzones más preciados del mundo informativo, y que ha publicado cartas de los lectores en sus portadas.

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