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Cartagena, Sevilla y León

San Isidoro dedicó gran parte de su vida a escribir una obra enciclopédica de 20 volúmenes, que con el título de ‘Etimologías’ 

César Pastor

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Cartagena, Sevilla y León

Cartagena, Sevilla y León

En Cartagena, donde presté el servicio militar en la Marina, hay una calle en su casco antiguo con el nombre de Los Cuatro Santos. Es una calle céntrica, aunque estrecha, bastante comercial en otro tiempo, donde, con el auge del turismo se instalaron un hotel y varios restaurantes, si bien años más tarde, con la llegada de las grandes superficies el comercio tradicional, de Cartagena, como en todas partes, se fue a las catacumbas de la Historia. 

Cartagena, ciudad dos veces milenaria, rodeada de las montañas guerreras llamadas San Julián, Galeras y Atalaya, que la defienden de invasiones, con profusión de restos arqueológicos y abundancia de suntuosos edificios modernistas, comenzando por su Palacio Municipal y acabando por su estación ferroviaria, guarda en su memoria épocas de ruina y etapas de esplendor.

Cada vez que pasaba por la calle de Los Cuatro Santos y veía su rótulo en la esquina me movía la curiosidad de saber quiénes eran aquellos cuatro personajes llamados santos, hasta que por fin el tiempo libre de que disponía lo dediqué a visitar las bibliotecas públicas de Cartagena para instruirme sobre la historia antigua y reciente de aquella ciudad llamada antes Cartago Nova. Y me enteré de que los cuatro santos a quienes se dedica la calle eran santa Florentina, san Leandro, san Fulgencio y san Isidoro, todos nacidos en Cartagena, hijos del Duque Severiano, cuyo nombre rotula la calle que es prolongación de los Cuatro Santos. Cada uno ellos tiene dedicada además su propia calle en Cartagena, la más céntrica de las cuales es la de Santa Florentina. Los cuatro santos eran hermanos. Había un quinto hermano, también religioso, pero que nunca ha sido canonizado. San Isidoro, fue el más ilustre de la familia; se educó junto a su hermano san Leandro, a quien sucedió en la sede metropolitana de Sevilla, que fue gobernada durante cuatro décadas por san Isidoro y por eso se le ha llamado san Isidoro de Sevilla y no san Isidoro de Cartagena.  

Tras su muerte los restos del santo cartagenero y sevillano fueron trasladados a León dando nombre a la Real Basílica de San Isidoro, de estilo románico que forma con la catedral gótica y el plateresco de San Marcos, el trío de estilos arquitectónicos más sobresalientes que ostenta la ciudad de León. A finales del siglo XIX se le añadiría el toque modernista y neogótico del genial arquitecto catalán Antonio Gaudí plasmado en la Casa de Botines, que, como es sabido, tiene 365 ventanas, una por cada día del año y fue promovida por varios comerciantes catalanes residentes en León. Antes de eso Gaudí ya había dejado otra exquisita muestra de su arte al diseñar el Palacio Episcopal de Astorga, promovido por el también reusense y amigo del arquitecto el obispo Juan Bautista Grau. Parece, pues, que los catalanes estaban detrás de cualquier progreso artístico o arquitectónico realizado en la Península, como, por ejemplo, el esbelto Faro de Cabo de Palos, cercano a Cartagena, una de cuyas playas ostentaba el nombre de Cap Negre.  

San Isidoro dedicó gran parte de su vida a escribir una obra enciclopédica de 20 volúmenes, que con el título de Etimologías le daría renombre universal no ya en el sentido religioso sino en el ámbito cultural de toda Europa, a la manera como lo habían hecho Alfonso X el Sabio con Las Siete Partidas y las Cantigas de Santa María y Raimundo Lulio (Ramon Llull), con su Ars Combinatoria y su Ars Magna.

En la obra enciclopédica de san Isidoro se resume y condensa todo el saber humano hasta la época del escritor. Fue como la Enciclopedia Espasa de la época visigoda y en la cual era preciso consultar para resolver cualquier duda histórica o lexicográfica. San Isidoro trabajó en la restauración de toda la Iglesia española, desorganizada por las persecuciones y las invasiones. Y barrió por completo los restos del arrianismo que quedaban en España y que había sido condenado en el Concilio de Nicea (a recordar que el arrianismo era la doctrina de Arriano, quien afirmaba que Cristo era hijo de Dios, pero no era Dios él mismo).

San Isidoro reunió concilios en Sevilla y Toledo para confirmación de la verdadera doctrina cristiana. El santo cartagenero y sevillano era el nuevo Salomón, sapientísimo de los siglos, según los Padres del concilio de Toledo, que le proclamó «el Doctor más excelente de los tiempos nuevos». Estaba dotado de una gran elocuencia, de palabra arrebatadora. Su nombre llenaba toda España. Las muchedumbres se agolpaban en torno suyo atraídas tanto por su ciencia como por su bondad. Y aun le quedaba tiempo para dirigir su obra predilecta, la escuela de Sevilla, que era entonces la más célebre de todo el Occidente.
San Isidoro murió después de haber entregado a los pobres cuanto tenía, incluso su lecho. Invadida España por los árabes, quedó en poder de éstos el cuerpo de san Isidoro; pero el rey cristiano Fernando I logró que le entregaran sus restos y los trasladó a León donde, a partir de entonces, se veneran las cenizas de una de las figuras más grandes de la cristiandad. Precisamente la advocación de san Isidoro en León procede del traslado de los restos del santo visigodo desde Sevilla.
Sobre la vida y obra de este santo tuve que interesarme especialmente en mis estudios de Filosofía, porque el saber de san Isidoro no era sólo teológico y canónico sino también cultural y filosófico, especializado en la patrística y la escolástica, cuyo centro de convergencia siempre era Dios.

En Cartagena queda, además de la calle de Los Cuatro Santos y la calle del Duque Severiano el IES San Isidoro.

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