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Cartillas, cupones y más colas: Demasiados parecidos con hechos del pasado

Dos palabras que subyacen en el inconsciente colectivo y retrotraen a épocas de precariedad, más hambre y más control social

Joaquim Roglan

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Joaquim Roglan. Foto: DT

Joaquim Roglan. Foto: DT

Pronto se cumplirán setenta años del fin de la Cartilla de Racionamiento y cuarenta de la desaparición del Cupón Ahorro del Hogar. Son dos antiguos objetos del deseo que retrotraen a épocas de guerra, postguerra y precariedad. Desconocidos por las actuales generaciones, presentes en la memoria de las septuagenarias y mayores, forman parte del inconsciente colectivo y equivalen a escasez, hambre y miseria. La primera Cartilla de Racionamiento la implantó el socialista Indalecio Prieto el año 1937. Y la segunda, la dictadura de Franco en 1939. El Cupón Ahorro del Hogar nació en Barcelona en 1959 y lo inventó la Compañía Española de Propaganda Comercial, S.A. para ayudar al pequeño comercio y a las tiendas de barrio. La Cartilla se acabó entre 1951 y 1952. Y el Cupón en 1981. Pero con las crisis económicas y la pandemia ambos parecen haber resucitado en forma de restricciones, ofertas, descuentos, vales, nuevas monedas locales y otras iniciativas propias de los malos tiempos.

La cartilla de racionamiento fue pensada para garantizar y repartir los productos básicos alimenticios de primera necesidad, aunque no lo consiguió y la población que se lo podía permitir recurrió al mercado negro, conocido como estraperlo. Algo así como lo que ocurre con algunas medicinas o vacunas actuales. El cupón, por el contrario, fue un obsequio de los establecimientos a sus clientes por cada peseta de compra. Eran unos sellos que se pegaban en unas libretas que equivalían a 18 pesetas y se podían canjear por menaje del hogar, objetos de regalo y pequeños electrodomésticos. Por cada 640 pesetas devolvían el equivalente a 18, que suponía un descuento de 2,81%. Poco, pero también servía para entretener a las criaturas de cada casa como si fuesen álbumes de cromos. Era aquello de pobres pero contentos y que menos da una piedra. Salvo en el caso de los catalanes, que de las piedras hacen panes, hubo otros cupones de menor éxito como Trébol, Spar y variantes. Igual como ahora los hay en algunas grandes superficies y redes de supermercados.

Para llevar a cabo el racionamiento, se establecieron dos cartillas. Una para la carne y otra para el resto de alimentos. Además de las de tabaco, de petróleo y de gasolina. Y se dividió a la población en varios grupos: hombres adultos, mujeres adultas, niños y niñas hasta catorce años y hombres y mujeres de más de sesenta años. La asignación de cupos podía ser diferente en función del tipo de trabajo del cabeza de familia. Algo así como ahora con las vacunas, aquellas clasificaciones permitían un control más exhaustivo de la población. En cuanto a los productos de primera necesidad, eran prácticamente los mismos que reparten los actuales bancos de alimentos y otras organizaciones de caridad: aceite, bacalao, arroz, azúcar, garbanzos, judías, pan, tocino… Muy de cuando o en fechas señaladas, algunos extras de lujo como café, chocolate, membrillo, jabón o leche. Y se formaban largas colas para recogerlos.

Semejante a lo ocurrido hace poco con las mascarillas y otros productos sanitarios como el gel, inmediatamente comenzó la especulación. Un kilo de azúcar que costaba 1,90 pesetas se vendía a 20 pesetas en el mercado negro. Y un litro de aceite que valía 3,75 pesetas el litro se pagaba a 30 pesetas en el estraperlo. Había previstas duras condenas para los estraperlistas, pero los grandes se fueron de rositas e hicieron inmensas fortunas mientras la clase media acabó en la miseria. A causa de tantas penurias y privaciones, aumentaron las enfermedades hepáticas, la tuberculosis, la gripe, las fiebres tifoideas, el paludismo y la disentería por falta de higiene. Y se dispararon las estadísticas de niños y ancianos muertos.

Ahora que se han acabado los ayunos y abstinencias de Semana Santa y comienza la época de dietas para dorar las carnes bonitas en las playas, podrían servir algunos platos y costumbres de entonces, como dar gato por liebre, patatas hervidas con laurel y colorante, patatas a lo pobre, leche deslechada cero en todo, potajes de bellotas, achicoria como sustitutivo del café… Y aquella legendaria tortilla de patatas sin huevos ni patatas. Porque aunque la historia no se repite, a veces se parece demasiado.

Con  raíces familiares en la Terra Alta, Joaquim Roglan fue corresponsal en Ràdio Reus y cofundador de Informes-Ebre. Profesor universitario, ha trabajado en los principales medios de comunicación de Cataluña y ha escrito veinte libros. Vive retirado en L’Empordanet.

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