Opinión Periodista

Casa vostra. Sueño con un mundo en el que todos compartamos nuestro rincón frente al fuego

El desafío es global, pero nuestra respuesta debe de ser local en coordinación con las administraciones. Y donde éstas no llegan, tal vez lo hagan comandos por la paz como la Fundación Bonanit

LLUÍS AMIGUET

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Casa vostra. Sueño con un mundo en el que todos compartamos nuestro rincón frente al fuego

Casa vostra. Sueño con un mundo en el que todos compartamos nuestro rincón frente al fuego

Pienso estas líneas mientras me plancho la camisa para ir al Col·legi de Advocats de Tarragona a la celebración de los quince años de Bonanit. Y es que hay mucha ropa limpia que celebrar, porque, desde el 2006, cientos de amigas y amigos sin techo lo han encontrado, gracias al esfuerzo de los voluntarios coordinados por Toni Coll, tenaz pionero de este empeño.

No me negarán que cuando te das una duchita y luego te pones calzoncillos, camiseta y calcetines limpios… Ah, amigo, te sientes millonario. Y es lo que han conseguido estos cracks para sus acogidos.

Por eso, mientras me peino lo poco que me queda por peinar voy silbando aquello del bueno de Sisa «Casa meva és casa vostra si és que hi haaaaaaaa…Cases d’algú». Y sueño, junto a los amigos de Bonanit, con un mundo en el que todos compartamos nuestro rincón frente al fuego. Ya aspiro el aroma de la leña seca ardiendo cuando tarareo «oh benvinguts passeu, passeu…» a personajes como Toni Coll, que fue mi primer director.

Lo conocí en la sección de Política de La Vanguardia en la que yo era becario cuando lo ficharon para dirigir este diario. Aún recuerdan allí el telefonazo de un compañero que le llamó en su primer día al frente del Diari haciéndose pasar por el Gobernador Civil de Tarragona: «¿Cómo es que no ha venido usted todavía -le chilló- a ponerse a mis órdenes?». Toni mantuvo el tipo diciendo que ya lo iría a ver «un día de estos…» Y después supo y sabe hacer un gran diario y escribir un montón de libros, como De oficio, periodista, muy frecuentados entre los estudiantes de la URV.

Como ayer estuve tomando un café en el Cotton Club con Pedro J. Ramírez, que publica memorias, mientras intento rematar 
el maldito nudo de la corbata 
-¡prenda de sumisión!- repaso lo que me dijo: «La vida es verla pasar; y ser periodista, el mejor modo de vivirla». Supongo que quien puede montarse un diario digital, como él con los 11 millones de euros, la mitad se los quedó Hacienda, que cobró por su despido de El Mundo, aún se divierte más. «Es el mejor modo, me apunta travieso, de que nadie te pueda echar».

Y de eso se trata: de que nadie pueda echar a nadie y todos tengamos techo y cobijo. Pero vivimos en un mundo hobessiano donde perro come perro en el que las armas cada vez se usan menos; pero en el que todo se utiliza como arma. Y la más dañina es lanzar personas.

Cientos de inmigrantes llegan cada día a nuestro país; muchos a Tarragona y toda la Catalunya Sud, porque algunas potencias les han engañado con fake news que les convencen de que es el mejor momento de venir aquí. Y ahora se amontan junto a las vallas de Ceuta y Melilla; en la frontera entre Bielorrusia y Polonia o en las playas de Turquía.

Esos amigos que buscan una vida mejor huyendo de la destrucción siria, iraquí, como los cientos de mujeres que escapan de la muerte en vida de Afganistán acaban siendo otro recurso de presión a la Unión Europea o tal vez moneda de cambio en alguna negociación comercial, militar o estratégica entre terceros países y Bruselas. Pero son personas.

Son peones en conflictos globales que acaban siendo problemas locales, como el de los inmigrantes que nos llegan solo con lo puesto. El desafío es global, pero nuestra respuesta debe de ser local, de cercanía, solidaria y colectiva en coordinación con las administraciones. Y donde estas no llegan, tal vez lleguen comandos por la paz como Bonanit.

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