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Casi 800 muertes

La envergadura de la matanza de mujeres a manos masculinas evidencia que persiste la deformación cultural que la provoca
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Hasta no hace tanto tiempo, la violencia de género no era reconocida como tal. Sorprende, por ejemplo, que los recuentos de víctimas del machismo en España comenzasen en 2003. Fue entonces cuando los gobernantes y la sociedad tomamos conciencia definitiva de que teníamos un gravísimo problema, hasta entonces camuflado en otras estadísticas criminales, y empezaron a cuantificarlo como tal. Desde entonces, han muerto asesinadas por sus compañeros o excompañeros masculinos –maridos, novios, parejas...– un total de 790 mujeres. 23 de ellas lo han sido en lo que va de este mismo año, aunque la cifra es provisional porque podrían añadirse otras siete muertes que se están investigando y que probablemente vayan a engrosar este capítulo, como el asesinato de las dos jóvenes de Cuenca. Las cifras se vuelven fácilmente inexpresivas, pero es preciso concentrarnos en ellas, medir la envergadura de la matanza, horrorizarnos por la supervivencia de una deformación cultural que se traduce en la creencia de que la mujer ha de supeditarse al hombre, depender de él, acomodarse a sus gustos, servirle, sacrificar su autonomía e independencia... Mientras cambiamos esta situación, difícilmente hallaremos un objetivo político más importante que acabar con estas muertes. Porque no podemos convivir con esta inercia malsana que amenaza a la mitad de la población y que arroja un balance criminal peor que el de ETA.

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