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Catalunya, se acabó la ambigüedad

Pase lo que pase el 27-S en Catalunya, la situación del Estado variará radicalmente
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Hasta ayer mismo, el núcleo duro independentista de Catalunya, que se ha expresado mediante una secuencia progresiva de declaraciones rupturistas, estaba rodeado de una amplia zona de ambigüedad que parecía sumarse al objetivo soberanista de manera incompleta y con grandes reservas. En particular, buena parte de los que se mostraban imprecisos en su vehemencia nacionalista basaban su indecisión en la propia naturaleza del Estado democrático de Derecho: este país, que sufrió mucho en el pasado por la falta de libertades, ha realizado un prodigioso proceso de construcción democrática en el que Catalunya ha sido pieza esencial en la erección de un sistema parlamentario depurado que no puede ni debe violentarse, si bien, como es natural, contiene los elementos precisos para su reforma. Como todas las democráticas, la nuestra es en definitiva una Constitución abierta, sin pretensiones taumatúrgicas de perennidad como las que absurdamente pretendían perpetuar las leyes fundamentales del franquismo.

De hecho, la propia idea del catalanismo político ha sido ambigua desde la pretransición: las formaciones democráticas genuinamente catalanas que trabajaron por el cambio de régimen adoptaron sin excepción una pátina identitaria, de autorreconocimiento, que nada tenía que ver en la mayoría de los casos con pulsiones nacionalistas, sino con el afán de recuperar íntegramente unas señas de identidad boicoteadas y desnaturalizadas a conciencia por la dictadura. Ni siquiera en CiU, el catalanismo exhibido y desarrollado durante la larga etapa de gobierno de Pujol ha significado independentismo hasta hace poco. De un tiempo a esta parte, ha prosperado sin embargo la tesis de que la única vía de avance del catalanismo es la independencia; para justificar el cambio se ha argumentado la gélida dureza del Partido Popular de los últimos tiempos. Evidentemente, algo ha influido esta circunstancia pero la cuestión es mucho más compleja y no tiene sentido atribuir la ruptura a un solo culpable. El sector político que con más visibilidad ha cultivado en los últimos tiempos la citada ambigüedad ha sido Unió Democràtica de Catalunya, el socio democristiano de CDC, un pequeño partido con añeja solera pero con reducida clientela, que siempre ha tratado de conciliar su catalanismo con las reglas canónicas de la democracia vigente. Duran i Lleida, apremiado por quienes le reclamaban la adhesión incondicional al soberanismo rupturista, ha optado por un plebiscito en su seno, con lo que ha logrado fracturar por la mitad su pequeña organización. Ya no cabe la ambigüedad: un hemisferio de UDC está con Artur Mas y el otro con Duran Lleida. CDC, inclemente, ha dado setenta y dos horas a la organización hermana para que se sume a la hoja de ruta del independentismo. No parece que el roto tenga compostura. Es fácil colegir de todo esto que se han acabado las terceras vías. Y no deja de ser lógico que así sea porque está a punto de cambiar el escenario global.

Pase lo que pase el 27-S en Catalunya, la situación política del Estado variará radicalmente a finales de año, cuando desaparezca la mayoría absoluta del poder central y haya de abrirse un proceso inédito de coalición para formar una mayoría de gobierno. Para entonces, los ciudadanos ya habremos podido constatar qué dan de sí los ‘partidos nuevos’, que han adquirido un gran protagonismo en las administraciones autonómica y local y que no tienen gran simpatía por el nacionalismo identitario. Será el momento de convertir las ambigüedades antiguas que aún persistan en definiciones.

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