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Catalunya y Europa

Esa Catalunya idílica, autodeterminada y bien vista por Bruselas, no existe
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Lo sucedido en Grecia es una lección no sólo para los griegos, evidentemente. La Unión Europea en general y la Eurozona en particular constituyen un club que se rige por unas reglas determinadas, consensuadas en su totalidad y con amplios márgenes de maniobra, pero quien se obstine en saltarse las normas tiene dos caminos: o rectificar o marcharse del club. No se lo pudieron decir más claro al primer ministro griego Tsipras los portavoces comunitarios el pasado fin de semana.

La aventura que proponen los independentistas catalanes es, pese a la discreción de que hacen gala nuestros socios, un serio motivo de preocupación para una Europa que mantiene sus fronteras consolidadas y que está sin duda dispuesta a admitir a los socios europeos que todavía faltan por ingresar y que deseen tal cosa pero no a asistir a una mutilación por razones ideológicas.

En primer lugar, Catalunya no es la única región europea con pretensiones secesionistas. Bélgica, sin ir más lejos, mantiene un problema permanente entre flamencos y valones que se va resolviendo mediante madurez, diálogo y comprensión. En Italia, hay tensiones centrífugas poderosas en las regiones ricas del norte que quieren desprenderse de las pobres del sur. Y, por supuesto, la Bretaña en Francia y Escocia en el Reino Unido son focos de tensión. En consecuencia, Bruselas no ve a priori con buenos ojos la aventura catalana.

Pero, además, hay argumentos políticos y económicos que dificultan seriamente la secesión. Recordaba recientemente el director de uno de los grandes periódicos catalanes que la deuda de Catalunya es de 65.000 millones y la de España de un billón. del cual el 20%, 200.000 millones, corresponde a Catalunya, que, de producirse la ruptura, quedaría en condiciones financieras muy precarias. Los separatistas niegan falazmente esta evidencia y el hecho de que el nuevo país quedaría automáticamente fuera de la UE y del euro. Ya se ve que los centros de decisión de Europa no andan con contemplaciones por la sencilla razón de que la adscripción a ese club privilegiado es voluntaria. Grecia podía haber vuelto a su vieja divisa pero ello hubiera supuesto la quiebra del país.

La regla es conocida: si Catalunya se escindiese, no formaría parte de la Unión Europea ni podría ingresar en ella con facilidad. Conviene que se sepa para que ciertas alegrías esteticistas sean embridadas y se plieguen a los dictados de la realidad.

La disyuntiva es clara: fuera de la UE hace mucho frío, sobre todo para los países que han conocido lo acogedor de su interior. Alexis Tsipras, un radical teórico que creía que iba a ser capaz de ablandar la ortodoxia europea, ha terminado reconociendo la evidencia con patriótica determinación: cualquier condicionalidad es mejor que la opción de salir del euro. Ha sacrificado a ello su carrera política y su prestigio ante los electores, consciente de que no podía empujar a sus compatriotas al precipicio. Lo primero es sobrevivir, pertenecer al área del progreso y el bienestar, y todo lo demás es secundario. La imagen de Varoufakis, un dandy adinerado que vivirá maravillosamente de sus libros y de sus conferencias, tratando de arrojar a los griegos al pantano es sencillamente detestable.

Esa Catalunya idílica, autodeterminada y en el corazón de Europa, con relaciones fluidas con una España mutilada, y bien vista por Bruselas, no existe. Las rupturas, las imprudencias, las excentricidades se pagan duramente en la Unión Europea. Máxime cuando los promotores del desaguisado demuestran tan escasa solvencia, improvisan caminos intransitados y en un alarde de sectarismo identitario tratan de seducir con argumentos falaces a la ciudadanía bien intencionada.

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