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Cervantes

Uno pensaba que la gloria de Cervantes le venía de su obra, no de sus restos mortales
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Desde hace meses, un pertinaz equipo de arqueólogos y médicos forenses está llevando a cabo un arduo e inútil trabajo de prospección en el subsuelo de un convento madrileño, el de las Trinitarias, para tratar de identificar los restos de Miguel de Cervantes, de quien se sabe que fue enterrado precisamente en ese lugar el 23 de abril de 1616.

La aventura, pagada naturalmente con cargo al erario público, dura ya meses y está siendo retransmitida casi en directo a la opinión pública, que no acusa todavía síntomas de desfallecimiento ante la expectativa de tan sensacional hallazgo. Y la verdad es que no acaba de entenderse tanto despliegue técnico para encontrar unos huesos antiguos. que volverán a ser enterrados en el mismo sitio en cuanto sean identificados.

Uno pensaba que la gloria de Cervantes le venía de sus obras y no de lo escurridizo de sus restos mortales, que pretenden convertirse manifiestamente en el foco de una lúgubre atracción turística. Se entiende mal, en cualquier caso, tanta dedicación de unos equipos que deberían hacer ciencia más que dedicarse a colmar una curiosidad absurda cuya satisfacción no paliará en absoluto el déficit de lectores que hoy tiene todavía el Quijote. Más escuela y menos circo sería en fin lo deseable.

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