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Chanchullos grabados

Los gánsters nunca se reúnen para negociar sin ser registrados por sus guardaespaldas
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Los protagonistas de la corrupción en España –mayormente políticos y empresarios– además de carecer de ética tampoco parece que sobrenaden en la desconfianza y la perspicacia. Todos acaban cayendo, desde luego más tarde de lo que sería deseable, ante la evidencia de pruebas visuales o acústicas que deja su rastro. Estos días, por ejemplo, escandaliza un alcalde valenciano que fue sorprendido y grabado cuando contaba los billetes que acaba de conseguir por un supuesto cohecho.

Lo hacía en un coche, se ve que tenía prisa por saber a cuánto ascendía el botín o que no se fiaba demasiado de su cómplice, algo en lo que seguramente tenía razón porque de otra forma no le habrían grabado para perpetuar el momento en que disfrutaba con las manos en la masa. Es frecuente que esto ocurra. Muchos de los casos de corrupción que vamos descubriendo nada más echar una ojeada cada mañana a los periódicos, ofrecen la prueba del delito con voz y a menudo con imagen. La verdad es que no me apetece darles consejos a los corruptos, presentes y futuros, para que consigan su objetivo sin problemas y la verdad también es que siendo tan listos y ágiles haciendo caja de su inmoralidad en la práctica se revelen tan inocentes, por no decir tan tontos. De otra forma aprenderían a través de las películas de sus colegas, los gánsters norteamericanos, que nunca se reúnen para hacer un ‘negocio’ sin que antes sus guardaespaldas los registren minuciosamente. Allí buscan armas, claro; aquí a tanto aún no parece que sea necesario llegar, de momento al menos.

Pero si no armas, micrófonos y sobre todo teléfonos móviles de apariencia inofensiva sí amenazan, si no sus vidas, su impunidad. Las nuevas tecnologías no requieren ya complicados cableados debajo de los calzoncillos ni sensores como los que usa la CIA para que las conversaciones entre delincuentes queden registradas. ¿Cómo muchos de los así cogidos in fraganti no cayeron en la cuenta hasta que se encontraron delante del juez y les plantó delante un magnetófono como testigo de cargo que evita el incordio del interrogatorio?

No sé, se me ocurre –e insisto que sin ánimo de darles pistas, Dios me libre– que los asuntos delictivos los negocien bis a bis, vestidos solo con un estrecho tanga, en una playa desierta del Mediterráneo o del Atlántico, tanto da. La escena puede levantar sospechas, eso también es cierto, pero a estas alturas mejor simular un romance entre gays, lo cual puede ser pecado pero no delito, que entrar en la nómina de los investigados por la UDEF, una vía directa para acabar en el lugar adecuado para todo corrupto: una celda en la cárcel.

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