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Charlas a la fresca

ÁLEX SALDAÑA

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Vengo de pasar unos días de vacaciones en un pequeño pueblo de Palencia donde aún es habitual ver las sillas en las puertas de las casas, cuyas puertas están siempre abiertas. Allí se forman reducidos –cada vez más, cosas de la despoblación– grupos de personas que cada atardecer, cuando el sol da una tregua, salen a la calle para conversar sobre la novedades del pueblo, sobre las pintas y lo mucho que en un año han crecido los hijos e hijas de esos emigrantes que cada verano regresan a su tierra o incluso sobre los temas de más candente actualidad. O para criticar a otros vecinos ausentes en ese momento, aunque siempre evitan discutir de política. «Eso se lo dejamos a los que entienden», dicen, eludiendo cualquier polémica partidista.

La verdad es que un rato en una de esas sillas sirve para ponerse al día no solo de lo que acontece en el pueblo, que en realidad no es mucho, sino también del estado general de la nación. En estas reuniones no se ven móviles y los parroquianos –generalmente, mujeres, aunque no faltan hombres– aseguran que es «mucho más entretenido» que las redes sociales. «¿Dónde va a parar? ¿Cómo no va a ser mejor hablar tranquilamente cara a cara que escribir en una pantalla?». Sí, la verdad es que da gusto verles mantener una costumbre ancestral sobre la que, muy a su pesar, se cierne la amenaza de la extinción. Por eso me parece una gran idea la iniciativa del alcalde del pueblo gaditano de Algar de luchar para que la Unesco proteja esas charlas a la fresca como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

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