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'Charlie Hebdo'

No conozco un solo país islámico en el que se respete la libertad de expresión
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Estoy un tanto cansado de los debates abiertos estos días sobre el Islam, a raíz de los cobardes asesinatos (¿de qué otra forma podrían ser?) acaecidos en París el pasado día 7 de enero.

Y estoy cansado porque, y más allá de algún que otro energúmeno y/o terrorista que justifica el atentado, la mayoría de los bien nacidos condenamos la barbarie que ha supuesto la ejecución de 12 personas.

Sin embargo, inmediatamente se abre un debate sobre la bondad del Islam, lo que dice o no el Corán, y lo buenos y religiosos que son los musulmanes, más allá, también, de los radicales que nos tienen declarada la Guerra Santa. Pues bien, me da igual.

Me explico. Me da lo mismo lo que diga el Corán (por cierto, me lo he leído), lo mismo que no me importa lo que diga la Biblia, la Torá o los Tres Cestos de la Sabiduría. Lo que me importa es lo que dice la Ley, y que se cumpla el principio sobre el que se asienta cualquier democracia: el imperio de la misma.

Y ello quiere decir que, por encima de esta, de la ley, no hay texto sagrado, creencia o religión que se pueda aplicar o imponer.

Sentada esta premisa, repito, me da lo mismo que lo que realmente diga el Corán nada tenga que ver con la interpretación que ciertos cafres, por cierto cada día más abundantes, hacen sobre el mismo.

El problema que tienen los musulmanes –o, al menos, muchos de ellos– y, consecuentemente los que convivimos, es que no tengan asumido ese principio democrático, porque si no se asume ese principio, el imperio de la Ley, no estamos hablando de democracia.

En esencia la cuestión es muy simple: el que crea que su religión, su libro sagrado, o los dictámenes de sus pastores o imanes estén por encima de la Ley, no puede convivir entre nosotros porque está atacando nuestra esencia. Nos ha costado mucho llegar, a occidente, al grado de tolerancia, bienestar y normalidad democrática del que disfrutamos. Cierto es que, también en nombre de Dios, hemos hecho muchas barbaridades.

Felizmente esa época ha sido superada y no estoy dispuesto a retroceder ni un ápice en el terreno de las libertades. Y aquí es donde entramos en terrenos pantanosos, no conozco ningún país musulmán que se pueda considerar una democracia. No conozco un solo país islámico en el que se respete la libertad de expresión y en el que la mujer no esté en una clara postura de sumisión, a veces hasta extremos intolerables.

Por ello, bienvenidos sean los musulmanes que, conservando su religión –faltaría más–, se adapten al denostado imperio de la ley, pero, si pretenden imponernos sus creencias, imponernos ciertas intolerancias, conmigo que no cuenten, ni un paso atrás.

Por cierto, nunca he leído la revista Charlie Hebdo, pero cuanto más veo sus contenidos, irreverentes con todas las confesiones (y las más brutales los son contra el catolicismo), más me convenzo de que JE NE SUIS PAS CHARLIE. Ahora bien, como dijo Voltaire: «No comparto tus ideas, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarlas», por eso, y solo por eso JE SUIS CHARLIE.

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