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Cherry Picking

Somos de afirmaciones categóricas. De blanco o negro. El del medio recibe de todos lados
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Van a un supermercado o a su frutería de toda la vida y se encuentran con un tipo que observa la fruta como si le fuera la vida en ello. Que se acerca a la caja de cerezas con sigilo, no vaya a ser que se molesten, y las va mirando de una en una. Que las toca, las pesa, les susurra, casi les implora que salgan buenas, que el destino del postre, y por lo tanto de la cena, está en sus manos. Ese soy yo. Alguien que no tiene ni idea a la hora de elegir fruta pero que se puede tirar media hora debatiendo entre un melón y otro. Y que cuando acierta con la elección, que alguna vez pasa, saluda a los comensales con un gesto de “a mí me vais a discutir de fruta”.

Eso es lo que me vino a la mente la primera vez que oí la expresión inglesa cherry picking (los ingleses tienen cosas buenas como la BBC, la Premier League o una lengua rica en este tipo de expresiones). Su traducción literal es elección de cerezas. Un amigo culto (o con acceso a la Wikipedia) me explicó que es la falacia de evidencia incompleta. Es decir, escojo las pruebas que justifiquen mi tesis y las que la contradigan o pongan en duda las deshecho. Elijo las cerezas que me vayan bien.

Este es un país de muchas cosas, algunas buenas, otras para coger el petate y no volver, y en este último apartado entran los electores de cerezas. Esas personas incapaces de dar validez a un argumento contrario a la tesis que defienden porque la duda ofende. Y los interrogantes también. Somos de verdades absolutas, se está o no se está, pero… niño, deja ya de joder con los peros.

El que duda es un bulto sospechoso. El que piensa también. Y si encima lo hace por si solo es un peligro. Somos de afirmaciones categóricas. De blanco o negro. El del medio recibe de todos lados por no tener claro qué cerezas tiene que coger.

No hace mucho hablaba con un tipo que cuando no le gustaba lo que oía ponía los ojos en blanco y homenajeaba a Massiel: “la, la, la la,…” No admitía los argumentos que iban en su contra, pero no lo hacía rebatiéndolos o reforzando los suyos, simplemente se limitaba a no oír aquello que no quería escuchar. No fuera a ser que descubriera que no tenía razón. Mis cerezas y sólo las mías. Seguramente este proceso de selección frutal pasa en todas las culturas, pero aquí, que somos hipérbolicos y lo llevamos todo al extremo, coge cuotas insalvables. Una amiga argentina me decía que teníamos que ser un poco como los británicos, “tan comedidos” (nunca estuvo en Salou en temporada alta), y otro poco como los italianos, “tan teatrales”. Que aquí las cosas no las tomábamos demasiado en serio. El hecho de que fuese una argentina quien me previniera de eso ayudó a darme cuenta de la gravedad.

Ahí va un ejemplo de actualidad: Este fin de semana pasado fue noticia el entrenador del Eibar, Gaizka Garitano, por levantarse de una rueda de prensa en Almería, después que dos periodistas le increpasen por responder en euskera a una pregunta formulada en ese idioma.

Ahí fue cuando aparecieron los recolectores de cerezas por doquier para poner el ejemplo de esos dos periodistas como prueba generalizada del maltrato a la diversidad cultural y lingüística. Prueba de catetismo. Yo me quedo con la actitud del jefe de prensa del Almería, que se mostró indignado con los reporteros en cuestión, y con las palabras del resto de compañeros que se mostraron abochornados por el espectáculo ofrecido. Cuestión de gustos. Cuestión de cerezas.

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