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Chinos

Todos los que somos unos trabajadores fatigables les tenemos una gran admiración
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La caída de la Bolsa de Shanghái nos está doliendo en nuestras propias costillas. La burbuja en aquel inmenso país se convierte en vendaval cuando llega a Occidente, que está hecho de pequeñas naciones mal avenidas. ¿Será verdad que se está enfriando la economía china? Todos los brokers se están poniendo amarillos y a nosotros se nos han puesto los ojos oblicuos observando la fuga del dinero. Como en la novela negra de Andrés Martín, todas las triadas chinas están metidas en el asunto y el veterano inspector Méndez, al que nadie hace caso hasta el último capítulo, repite eso de que «han sido los chinos». Al parecer, el 90% de los que emigran de su país para desmentir que el trabajo canse y que es suficiente con ingerir dos tazas de arroz al día para hacer una jornada de trabajo sin final, lo que quieren es regresar a su sitio de nacimiento. Tienen la obsesión de procurarse una vejez digna y de momento emplean a otros chinos igualmente obsesionados que tienen que aguardar su turno. Todos los que somos unos trabajadores fatigables les tenemos una gran admiración. Aman a su país, quizá porque allí no hay ni españoles ni catalanes, sino chinos y como hay muchos himnos no se puede pitar a todos sin tener una gran memoria musical. Ahora que la Bolsa china está sufriendo la caída mayor desde hace ocho años, es una buena ocasión para aprender de estas ‘hormigas azules’ mientras el señor Mas promete a sus cándidos partidarios pagar impuestos como en Suecia y anuncia un nuevo modelo tributario para cuando suceda la ruptura con España. Desde cualquier parte hay la misma distancia hasta las estrellas y el mundo es un pañuelo para enjugar nuestras propias lágrimas, pero seguimos discutiendo nacionalidades y provincialidades. A veces nos dan ganas de ser chinos. No porque nos hagan unas rebajas en sus tiendas, sino por ser menos catetos y menos autonómicos.

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