Cien años de la epidemia mal llamada gripe española

Algunos historiadores creen que la epidemia procedía de Siberia, aunque otros opinan que apareció en el seno de ciertos regimientos británicos estacionados en Ruan y Wimereaux
 

RAFAEL ALBIOL MOLNÉ

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Cien años de la epidemia mal llamada gripe española

Cien años de la epidemia mal llamada gripe española

La gripe, es una enfermedad vírica contagiosa, que ataca principalmente las vías respiratorias altas y los pulmones. Esta enfermedad puede presentarse de modo estacional o pandémico. La primera está relacionada con los cambios climáticos (descenso de la temperatura, aumento de la humedad, etc). La segunda con el grado de inmunidad de la población.

La gripe se conoce desde muy antiguo. Ya Hipócrates la describió en el siglo V antes de Cristo. Al ser tan añeja, ha recibido diferentes nombres. La palabra gripe, deriva de la alemana «greifen» que significa coger, agarrar, generalizándose este nombre en el siglo XVIII junto con el término italiano de «influenza».

Dos epidemias han tenido particularmente trascendencia en la historia: la de 1889-90 y la de 1918-1920, causando la última, más víctimas que la Primera Guerra Mundial. Refiriéndonos a la de 1918-1920, conocida también como la gripe española, hizo su aparición bruscamente, en los últimos meses de la Primera Guerra mundial, probablemente en los campos de batalla y luego en la postguerra. Las grandes guerras atraen siempre consigo el hambre, la peste y la inmoralidad. La fatiga de los combatientes, la debilidad de las poblaciones subalimentadas y la miseria de los campos de prisioneros ofrecen a la plaga un terreno demasiado favorable.

Algunos historiadores creen que la epidemia procedía de Siberia, aunque otros opinan que apareció en el seno de ciertos regimientos británicos estacionados en Ruan y Wimereaux. El profesor Agustín Pons comentaba que en 1918, en los puertos de Europa occidental, había un extraordinario abigarramiento de gentes de todas las partes del mundo y portadoras de cepas de virus gripales diferentes. Consecuencia probable de esta mezcla de virus, fue la aparición de un híbrido extraordinariamente virulento, que nadie pudo detectar por entonces. Se creía que el agente etiológico era un pequeño bacilo.

En los primeros meses de 1918, la situación política de España no era boyante. Escaseaban las subsistencias, proliferaban las huelgas, el terrorismo en Catalunya, las plagas de langostas en el campo, etc. A pesar de que España se mantuvo neutral en la Guerra Mundial, la población estaba cansada, decepcionada, triste. Posterior a este año, el Duque de Maura comentaba la mortífera epidemia importada a nuestro suelo desde los frentes de batalla y que luego reexportaba, a la que los franceses bautizaron sarcásticamente con el nombre de «gripe espagnole». Los franceses emigraban a España durante la guerra, trasportando el virus. Terminado el conflicto, muchas ciudades del Midi, verían duplicadas su población por la oleada de inmigrantes de allende el Pirineo. De aquí el nombre de gripe española. Nuestro gobierno no dudo en darle un rotundo mentis a los calumniadores, estableciendo en los Pirineos un cordón sanitario, formado por fuerzas de la Guardia Civil, controlando y rechazando trenes enteros y para el caso de que alguien burlase la frontera, se dieron órdenes a los alcaldes y gobernadores de que si un individuo que lo hubiera conseguido estuviera sano, se le encarcelara, y si estuviera enfermo fuera aislado en el sitio donde se hallara.

Al principio, Ia gente no se tomó demasiado en serio el virus gripal. A la gripe se le bautizó con el nombre de trancazo, o bien con el del ‘soldado de Nápoles» (por la serenata de la estrenada zarzuela de la época de la Canción del Olvido de Romero, Fernández Shaw y el maestro Serrano), o con el nombre folklórico de «La Carioca». En Barcelona, un tal Paradox, en la revista «L’Esquella de la Toratxa» la bautizó con el nombre de la «passa».

Al comprobar que se iba elevando la mortalidad habitual, las cosas se tomaron más en serio. Un bando prohibió el aumento de precio en los medicamentos y la suspensión de las funciones en Madrid. El pueblo empezó a tener miedo. Las gentes comenzaron a mirar con desconfianza el agua, el café, el trabajo en los locales cerrados, a los viajeros allende de nuestras fronteras. La clase médica opinaba que la afección se propagaba fácilmente en las personas de temperamentos anémicos y pobres en defensas naturales y advertía que dejaba gran abatimiento y pérdida alarmante de energías, en muchos casos, con fatales consecuencias. Se recomendaba tomar con leche una especie de cola-cao llamado «Ruamba». Más optimista, era el anuncio que insertaba un diario barcelonés, en cuya primera página, llena de esquelas mortuorias, anunciaba el uso del Agua del Carmen de los carmelitas descalzos de Tarragona, a la que consideraba milagrosa (que no debió de hacer demasiados milagros ya que los fallecimientos se iban sucediendo).

Para combatir la enfermedad se tomaron las siguientes medidas preventivas, siendo las principales: aislamiento de los enfermos, limpieza colectiva e individual, ejercicio moderado al sol, la no asistencia en locales cerrados, evitar supresiones bruscas de la traspiración cutánea, ir de vientre diariamente, desinfectar las casas etc. Faltaban médicos para atender tanta demanda y se ofrecían los estudiantes de medicina de los últimos cursos. Era urgente que el gobierno buscara médicos. Y también hallar el agente etiológico de la enfermedad al que creían era un bacilo. A fines de 1918, fueron 146, los médicos fallecidos.

La Sociedad Española de Higiene publicaba esta interesante nota. «Lo malo es que esta epidemia pasará pronto y con ella pasaran también los buenos propósitos de gobernantes y gobernados, y las cosas seguirán como están y se abandonará la salud pública y la Higiene... para cuando ya no haga falta». Los médicos prescribían «cama, aspirinas, sulfato de quinina, dieta láctea y balneoterapia. Para las complicaciones bronconeumónicas empleaban las inyecciones de suero antidiftérico».

En España, el 22 de abril de 1919, la morbilidad podía concretarse en unos ocho millones de casos y la mortalidad en 250.000 mil personas. En el mundo fallecieron más de veinte dos millones de personas.

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