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Cien días

Catalunya, en el peor de los casos, habrá salido ganando con el pulso al Estado con el procés

J.Moya - Angeler

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Dentro de cien días, ya se habrá desatado la batalla y comenzaremos a saber qué destino tienen las actitudes de los partidarios del proceso independentista y los nacionalistas españoles. Después, vendrá un largo y cálido verano, quizás turbulento, pero con toda la artillería desatada por ambos bandos. Estamos, pues, ante la etapa decisiva del proceso en que se verán las armas, estrategias e intenciones con que cuentan los que van a entrar en batalla. Será tan apasionante como inquietante, porque alguien se va a hacer daño, a menos de que se llegue a un pacto, que es a lo que están obligados ambos contendientes. Pero como quiera que el Gobierno es absolutamente intransigente en su totalidad, es de prever que vamos a ver consumir árnica y vendas a chorros.

Los más optimistas –y me gustaría contarme entre ellos– hablan de la necesidad imperiosa de una solución pactada antes de que se destroce la frágil tienda de porcelana que es el marco político español. Una solución que pasa por tres posibilidades: una reforma de la Constitución, por leve que sea; un acuerdo de semirreferéndum (o doble referéndum, uno para el conjunto de España y otro sólo para Catalunya) o, finalmente, un pacto de retroceso de ambas partes con el compromiso de no volver a desenterrar el hacha de guerra. Esta última solución parece prácticamente imposible.

Lo que también parece evidente es que después de estos cien días, nada volverá a ser igual. Y que Catalunya, en el peor de los casos, habrá salido ganando, sea una consideración diferenciada de la actual (cuya meta final podría acercarse al federalismo), sea un concierto económico o sea un borrón y cuenta nueva en el memorial de agravios. Excepto si los nacionalistas se echan para atrás –cosa casi imposible– se llegará a un punto nuevo de situación porque, entre otras cosas, si hay negociación significa que ambas partes habrán de ceder, y los nacionalistas pondrán como cesión renunciar de momento a la independencia para que el Estado ceda en temas prácticos y también en temas políticos.

Cien días en los que Rajoy intervendrá lo imprescindible, porque sabe que entrar en liza y ceder en algo significa perder votos en el resto de España. A cada euro que concede a Catalunya, se le sublevan cuanto menos Andalucía y Extremadura (por cierto, dos de las regiones con menor PIB de Europa, después de décadas y décadas de ayudas a fondo perdido). Cien días en los que Rajoy va a dejar que dé la cara la ministra Sáenz de Santamaría y deje las pestañas en el intento. Quizás porque Rajoy no entiende en qué consiste el arte de negociar.

A su vez, Sáenz de Santamaría es un interlocutor poco avezado que, entre otras cosas, no tiene ni la mano izquierda ni la diplomacia de Junqueras, que es su correspondiente en el otro lado. Junqueras, con ese aire de permanente indefinición y ambigüedad en su manera de hablar, con ese corpachón de campesino alegre, es un perfecto hueso que tiene una única idea clara: la independencia. O así lo aparente. Y detrás tiene a su partido que no le permitirá que afloje.

Por tanto, el diálogo entre ambas partes, con estos interlocutores pinta mucho mejor para Junqueras que para la ministra, en una desigualdad que generará hostilidades manifiestas, porque la ministra después de conversaciones blandas, acabará sacando la artillería, obligada por su partido. Un partido que, en estos momentos, está dominado por su ala dura y azuzado por su ala extrema, la que capitanea desde afuera José María Aznar.

Vistos con serenidad, van a ser cien días apasionantes en los que el tono de las voces subirá paulatinamente para acabar en la crispación. Querer acabar a gritos es lo más hispánico y lógico. Cien días imprevisibles en donde cualquier solución fuera de toda lógica puede acabar imperando. ¿Violencia? No están los catalanes para violencias. Pero si hay una provocación con armas de por medio, es decir una presencia aplastante policial o militar, entonces se habrá abierto la caja de los truenos y la única ley imperante será la de ver quién es el más fuerte. De nuevo, una situación bien hispánica.

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