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Cien días de nuevos ayuntamientos

Es a todas luces preciso idear racionalmente un modelo de gestión pública muy pegado al terreno y con funcionarios competentes

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Se han cumplido cien días de la puesta en marcha de los nuevos equipos municipales que para muchas poblaciones han supuesto cambios importantes en la correlación de fuerzas. No se puede negar el encanto de contar con nuevos equipos relativamente incontaminados, que han sustituido a correosos políticos sin brillo que habían profesionalizado en exceso su papel y su función. Pero tampoco es posible ocultar la bisoñez conmovedora de la mayoría de los recién aterrizados, incluidas las estrellas de las grandes capitales -Carmena y Colau-, que ha frustrado muchas buenas intenciones y ha abierto severos interrogantes sobre un futuro que no está ni mucho menos orientado. Ni el anquilosamiento de las viejas fórmulas ni la falta de profesionalidad de las nuevas son la solución de un sector público hasta hace poco corroído por la corrupción y alejado de la realidad social. Es a todas luces preciso idear racionalmente un modelo de gestión pública muy pegado al terreno en que los políticos, que deberían acreditar cierta competencia a la hora de concurrir a elecciones, pongan la ilusión y se apoyen en funcionarios expertos e inamovibles que aporten la sabiduría administrativa a la gestión. Todos ellos razonablemente pagados, de forma que no se expulse de la competición a los mejores por esta causa ni se dé pie a que cuaje de nuevo la sombra de la corrupción, que es siempre más probable si no se retribuye al trabajador con un salario justo.

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