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Cincuenta sombras

El aislamiento social ha produ-cido una pérdida del apetito sexual (47%). A otros (24%), la intimidad de las sombras les ha subido de temperatura de manera equi-parable al apagón de Nueva York del 9 de noviembre de 1965

Juan Ballester

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La norteamericana Danielle Steel, la más admirada de las escritoras románticas contemporáneas, ha vendido mil millones de ejemplares de sus novelas. La industria del cine erótico factura más de cien mil millones de euros en el mundo. Entre ambas categorías, Cincuenta sombras, una serie de novelas llevadas a la gran pantalla que ha incorporado a la literatura escenas explícitas de dominación, sadismo y masoquismo.

Y es que esta cuarentena ha desvanecido el tabú social de la pornografía y el sexo virtual cuando han sido recomendados para contribuir a la salud sexual de los adultos por muchos ministerios de Sanidad. 

Hace años asistí en Barcelona a la presentación de una novela rosa y entre muchas fans jovencitas ávidas de que les contaran historias que acaban bien, saludé a un espectador con aspecto sórdido que resultó ser cuñado de la escritora romántica. Y, usted, ¿a qué se dedica?, pregunté devolviéndole su interés. Ella escribía sobre el amor en su faceta más apasionada y emocional, y él hacía profesionalmente ‘crítica de cine erótico’. 

Quienes quizá por culpa de los guantes de látex, el viscoso gel y la mascarilla, no hemos dado la talla no debemos castigarnos, la ansiedad y la depresión afectan a la libido especialmente si solo puedes compartir tus penas con los electrodomésticos

De alguna manera nos sumimos en un contraste extraordinario. Pareciera que la presencia del cuñado simbolizara lo carnal y que ésto entrara en colisión con el amor espiritual que sustentaba la trama de la historia. Pero el retorcimiento en aquella sala no llevaba gabardina y puede haber más doblez en la mente de Corín Tellado -quien tanto entretuvo a nuestras abuelas mareando la perdiz y teniéndolas en ascuas trescientas páginas-, que en la visión de dos amantes en el estado original de la inocencia.  

Lógicamente no sabíamos que existía ese trabajo a tiempo completo ni qué clase de lírica admite la crítica de una película erótica en la que se pasa del planteamiento al desenlace saltándose el nudo. Aunque triunfar en un plató delante del equipo de producción no ha de ser tarea sencilla, no parece que el guion o la interpretación puedan estar revestidos de un gran valor artístico. Pero nada más lejos de la realidad.  

La sexualidad es un aspecto central del ser humano. No es un instinto ni un sentido o sentimiento, sino una vivencia total expresada cotidianamente a través de deseos, valores, prácticas, papeles, conductas, creencias, actitudes, pensamientos y, sobre todo, relaciones interpersonales. Transita generalmente por el hemisferio derecho del cerebro, el de la satisfacción, junto a la imaginación, la fantasía o la creatividad. Y es complicada de gestionar pues posee, junto a las luces, un lado en el izquierdo, el que nos hace sentir miedo, generador de comportamientos ciertamente estrambóticos. 

Si bien algunas de esas rarezas son extremadamente peligrosas -colocarse una bolsa de plástico en la cabeza- y otras constituyen delitos -abrirse la gabardina-, la mayoría de las quinientas registradas en los anales de la psicología forman parte de la diversidad humana y no son reprobables ni deben tratarse por un psicólogo si nadie sufre daño. Por ejemplo, se conoce como latronudia al deseo de mantener relaciones en clínicas u hospitales; pero específicamente como intronudia si se finge una dolencia para desnudarse. La Organización Mundial de la Salud no las considera patologías, pues la percepción varía con el tiempo y lo que en su día fueron comportamientos inadmisibles -travestirse-, hoy son asumidos con naturalidad.

Yo sueño desde que comenzó el confinamiento con la tersura del abdomen de mármol blanco de la Venus de Milo que sentí acariciar en París, y en un artículo científico descubrí que se conoce como pigmalionismo al trastorno de quienes pierden la cabeza en los museos víctimas de una fascinación erótica por las estatuas. Pigmalión es un personaje de Las Metamorfosis, de Ovidio (8 d. de C.), quien esculpía a una ninfa llamada Elisa, cuando «al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente». Y que inició el mito poético de los objetos que, al desearlos, cobran vida.

Esta cuarentena pone gravemente el peligro nuestra salud mental, es como si hubieran metido las relaciones humanas en una coctelera y alguien la estuviera agitando para ponernos al límite. Una de ellas es la de no poder tocarse, abrazarse ni si quiera acercarse a dos metros ni apenas interpretar los gestos con esa mascarilla en la que solo puedes oler tu aliento. 

Para las personas que solo se reflejan en los demás, no se ven en los espejos, el aislamiento social les ha producido una pérdida del apetito sexual (47%), mientras que a otras (24%), la intimidad de las sombras les ha subido de temperatura de manera equiparable al apagón de Nueva York del 9 de noviembre de 1965.  El que, con puntualidad británica, determinará que el próximo 9 de agosto cumplan 54 años los norteamericanos de la generación OTIS, así bautizada porque 250.000 maridos pasaron la noche atascados en los ascensores. 

Quienes quizá por culpa de los guantes de látex, el viscoso gel y la mascarilla, no hemos dado la talla no debemos castigarnos, la ansiedad y la depresión afectan a la libido especialmente si solo puedes compartir tus penas con los electrodomésticos. Al fin y al cabo, la literatura fantástica ya vaticinaba un mundo con nuevas distancias entre los seres humanos que convivirán con sensuales androides a quienes los hombres desenchufarán después de amar, y las mujeres dejarán conectados para que les cuenten una historia o simplemente las escuchen un rato. 

Juan Ballester, escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

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