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Cita en Cracóvia

Jaume Pujol i Balcells

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Con mucha ilusión he esperado esta cita en Cracovia, donde acompaño a jóvenes de Catalunya que, como de todas las latitudes del mundo, acuden a la llamada de una nueva Jornada Mundial de la Juventud, la número 31 desde que San Juan Pablo II convocó la primera en Roma el año 1984.

He tenido la gozosa oportunidad de asistir a la de Colonia y a la de Madrid, junto a Benedicto XVI. Son momentos inolvidables para los cientos de miles de personas presentes, una manifestación de fe y de esperanza para la Iglesia y la humanidad.

En esta ocasión es el papa Francisco quien convoca y lo hace en el Año Jubilar de la Misericordia. Y en Cracovia, la ciudad querida por San Juan Pablo II, donde cursó estudios y fue arzobispo antes de ser elegido para la sede de Pedro. Estos días nos darán ocasión de visitar Czestochowa, donde a los pies de la Virgen Negra pondré las peticiones y las inquietudes de todos los presentes y, especialmente, de todas las personas de nuestra archidiócesis que nos acompañarán con el corazón. Los jóvenes tendrán ocasión de rezar en un santuario mariano de tanta devoción, y de visitar uno de los lugares más simbólicos de las tragedias que han surcado la historia: el campo de concentración de Auschwitz, a solo 35 kilómetros de Cracovia, donde fueron internados 1.300.000 personas de las que murieron más de un millón, judíos en su mayoría. Son hechos que muchos jóvenes conocen por el cine, como la película La lista de Schindler, el alemán que logró salvar a muchos judíos invocando la necesidad de que trabajaran en su fábrica de armas, instalada precisamente en Cracovia.

La JMJ será un encuentro con Polonia, una inmersión en históricos escenarios europeos, pero sobre todo una ocasión para el encuentro más feliz que alguien puede tener: con la misericordia de Dios. Quienes ya no somos jóvenes, estaremos allí también muy a gusto, porque no envejece el amor a Dios «que alegra mi juventud».

Pido que para muchos jóvenes esta estancia en Cracovia suponga una reafirmación de su fe si la tenían abandonada o un antes y un después en sus vidas. La universalidad de la Iglesia se palpa en estos encuentros y ayuda, a través de la recepción de los sacramentos de la penitencia y la eucaristía, a emprender un camino de identificación con la voluntad de Dios. Que los jóvenes, en su búsqueda de la felicidad, encuentren el Amor y con él les llegará la felicidad.

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