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Códigos compartidos

Cualquier reto compartido debe apoyarse en puntos de referencia comunes para salir adelante. Y estas penosas experiencias también evidencian algo incluso más revelador: que los marcos presuntamente objetivos frecuentemente no lo son
 

Danel Arzamendi

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La historia de la humanidad está plagada de ejemplos que demuestran la necesidad de contar con un marco conceptual común para llevar a buen puerto cualquier proyecto colaborativo. Si la base que se toma como referencia difiere entre las partes, será un auténtico milagro sacar algo positivo del intento, por mucho talento y buenas intenciones que se pongan sobre la mesa. Les propongo tres episodios tragicómicos que refrendan este fenómeno.

A lo largo del siglo XVII, Suecia logró coronarse como una de las principales potencias europeas, gracias al poderío de su imponente armada. El rey Gustavo II Adolfo fue uno de los artífices de este proceso, que tuvo como hito la construcción del Vasa, un buque de guerra que marcaría un antes y un después en la historia naval europea. Las cifras del barco todavía impresionan: desplazaba más de mil doscientas toneladas, transportaba a casi quinientos soldados y marineros, disponía de sesenta y cuatro cañones de bronce… De hecho, hubo que esperar casi dos siglos para contemplar un navío con una potencia de fuego semejante: el USS Constitution.

El 10 de agosto de 1628, la multitud abarrotaba el puerto de Estocolmo para asistir a la botadura de aquella joya de la ingeniería. Tras las salvas de honor, arropada por la euforia de los asistentes, aquella soberbia fortaleza marina inició su épica singladura… y un kilómetro después se fue a pique. Ni siquiera aguantó a flote un cuarto de hora. Tras el rescate de sus restos en 1961, los expertos llegaron a la conclusión de que la causa del hundimiento, entre otros factores, fue que la nave era asimétrica, probablemente porque los equipos de trabajo que construyeron uno y otro lado usaban diferentes unidades de medida: las reglas usadas en babor estaban calibradas en pies suecos, de 12 pulgadas, mientras que las de estribor se basaban en pies holandeses, de 11 pulgadas. Esta disparidad provocó que un lado pesara más que el otro, y un simple golpe de viento logró acabar para siempre con un buque nacido para ejercer un dominio despótico de los mares.

El segundo ejemplo nos obliga a cruzar el mar Báltico hasta la ciudad de Laufenburg. Esta histórica población centroeuropea está dividida por el Rhin, y desde 1801 una orilla pertenece a la región alemana de Baden y la otra al cantón suizo de Argovia: Kleinlaufenburg y Großlaufenburg. Las autoridades de ambos países aprobaron en 2003 la construcción de un nuevo puente internacional, que se edificaría arrancando desde cada margen hasta unir las dos estructuras en el centro del río. Para alcanzar el punto de encuentro, los técnicos de ambos lados tomarían como referencia el nivel del mar. Sin embargo, a medida que la obra avanzaba, a simple vista resultaba evidente que unos y otros no estaban construyendo a la misma altura.

En efecto, el nivel del mar no es un referente unívoco para todos los países: Reino Unido lo toma en Cornualles, Francia en Marsella… Alemania en el Mar del Norte y Suiza en el Mediterráneo. Esta circunstancia y un error en la corrección del cálculo (en vez de restar los 27 centímetros de diferencia, los sumaron) terminó provocando que uno de los lados estuviera más de medio metro por encima del otro cuando ya casi estaban tocándose. Finalmente, la parte germana tuvo que rehacerse 54 centímetros más abajo, y hoy los habitantes de Laufenburg pueden cruzar el Rhin sin necesidad de una escalera para compensar la chapuza.

Por último, viajamos hasta Marte. Hace un par de décadas, la NASA lanzó una nave desde Cabo Cañaveral con el primer satélite meteorológico interplanetario: el Mars Climate Orbiter. El ingenio espacial, con un coste cercano a los 200 millones de dólares, debía alcanzar el planeta rojo nueve meses después, pero el proyecto se complicó desde el principio. El control de Tierra tuvo que reajustar repetidas veces la trayectoria en plena misión, algo relativamente normal, pero el aparato nunca respondía adecuadamente. Y así, el 23 de septiembre de 1999, el satélite despareció para siempre de las pantallas del Instituto de Tecnología de California.

Según concluyó una investigación posterior, el desastre se debió a que la empresa constructora, Lockheed Martin Astronautics de Denver, utilizaba el sistema de medidas imperial (pulgadas, libras, galones), mientras que los controladores de Pasadena, Texas, se basaban en el sistema internacional (metros, kilos, litros). Por eso, cuando enviaban órdenes de corrección en sistema decimal, la nave los interpretaba en sistema anglosajón. Y la cosa acabó como acabó.

Estos tres ejemplos vienen a demostrar que cualquier reto compartido debe apoyarse en puntos de referencia comunes para salir adelante. Y estas penosas experiencias también evidencian algo incluso más revelador: que los marcos presuntamente objetivos frecuentemente no lo son. Los constructores del Vasa, los técnicos de Laufenburg y los ingenieros del MCO estaban convencidos de estar utilizando un mismo esquema conceptual, un mismo modelo descriptivo, un mismo lenguaje. Pero no era así. Y este fenómeno también puede trasladarse desde el ámbito científico al resto de realidades humanas, como la política.

En la Catalunya de la última década, esta falta de concordancia entre lo que entendemos unos y otros al pronunciar las mismas palabras está provocando un diálogo de sordos que nos paraliza colectivamente. Democracia, represión, legitimidad, autodeterminación, dignidad, nación, exilio… Aunque no será fácil ponernos de acuerdo sobre estos términos, si queremos avanzar en la construcción colaborativa de un futuro para todos, el primer paso exigirá aceptar un código conceptual lo más estandarizado posible para que el diálogo sea mínimamente fructífero. Porque, ante los retos que tenemos por delante, el entendimiento ha dejado de ser una opción. Es una necesidad.

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