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Conciencia espasmódica

Las cámaras pronto abandonarán Lesbos, cuando los inquilinos de las plantas nobles de los grandes grupos mediáticos y sus expertos en audiencias consideren que recordar este tema ya no es empresarialmente rentable

Dánel Arzamendi Balerdi

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La capacidad de los medios de comunicación para orientar nuestro interés y nuestras emociones hacia un hecho concreto resulta cada vez más obvia. Aquello que nos preocupa o nos conmueve colectivamente se determina en las plantas nobles de los grandes grupos mediáticos, cuyos inquilinos deciden en cada momento a qué debemos prestar atención. El caso paradigmático de este fenómeno son las diferentes guerras cronificadas en numerosos puntos del planeta, que pasan inadvertidas cuando los expertos en audiencias las consideran un producto informativo poco rentable. Una noticia de gravedad indudable, pero sostenida en el tiempo, tiene menos impacto en su cuenta de resultados que cualquier bobada sorprendente.

Algo parecido viene sucediendo últimamente con el drama que viven los miles de familias que huyeron de la guerra de Siria, y que se hacinan desde hace meses en diferentes campos de refugiados del Mediterráneo. Siguen allí, conviviendo en condiciones infrahumanas con otros colectivos que escaparon de sus respectivos países, fundamentalmente de Afganistán y del Congo. Pero las cámaras sólo acuden cuando hay algo nuevo que contar. La vergüenza continua no vende. Y así, mientras esta tragedia se agudiza, nosotros nos dedicamos a debatir sobre cosas serias, como las dudas existenciales de Lionel Messi, el pelotazo de Novak Djokovic, o el intolerable sexismo de nuestras señales de tráfico.

A principios de marzo se produjo uno de esos picos de interés periodístico. El foco mediático se orientó al centro de internamiento de Moria, en la isla griega de Lesbos, donde casi veinte mil personas intentaban sobrevivir al invierno. Una marea de tiendas de campaña acogía a esta multitud, a poca distancia de unos pueblos donde ya comenzaban a detectarse los primeros casos de infección por coronavirus. La ocupación del campo superaba entonces seis veces su capacidad teórica, las condiciones médicas e higiénicas eran lamentables, y la basura se acumulaba entre aquellos precarios alojamientos, sin luz, agua corriente, ni electricidad. En ese contexto desolador, el personal que lo gestionaba dejó repentinamente de acudir, las visitas se prohibieron, y las autorizaciones de salida se redujeron a la mínima expresión. Afortunadamente, la Unión Europea ofreció su colaboración al gobierno heleno para evitar una catástrofe sanitaria, aunque ya no supimos nada más sobre el asunto. Desde entonces, el interés periodístico volvió a apagarse, y un silencio espeso volvió a cubrir una realidad que debería abochornarnos a todos.

Las cámaras han vuelto a la isla esta semana, con la conciencia espasmódica que les caracteriza (y que nos caracteriza). El campo de Lesbos llevaba en cuarentena desde hacía medio año, cuando se declaró la pandemia en Europa. Aunque no se había identificado ningún caso de Covid entre los refugiados, nadie podía salir del recinto sin un permiso especial. Sin embargo, hace unos días se detectaron los primeros contagios, y el ejecutivo griego decidió cerrar el campo a cal y canto. Sin excepciones.

Los acontecimientos se precipitaron durante la noche del pasado martes. Los responsables de Moria intentaron aislar a varios refugiados infectados, y se desató una batalla campal que permanecía larvada desde hacía tiempo. Según las primeras informaciones, varios internos prendieron fuego a algunos objetos para protestar por su situación, o incluso para huir en medio del caos. Las llamas se extendieron por la zona, avivadas por el fuerte viento y las altas temperaturas de estos días. En unas horas, todo el campo quedó reducido a cenizas. Hoy ya no queda nada de los alojamientos y de las escasas pertenencias de estas familias, cuya trayectoria vital quedó truncada por la guerra civil. Incluso las sólidas construcciones oficiales han quedado calcinadas. Ya lo advirtió el portavoz de Médicos sin Fronteras, Faris Al-Jawad, hace varias semanas: «Las condiciones son horribles. La violencia ha aumentado tras el cierre, y eso ha disparado los problemas de salud mental. La gente sufre por no poder salir del ambiente de Moria, aunque sea unas horas, lejos de allí».

El primer ministro heleno, Kyriakos Mitsotakis, ha declarado el estado de emergencia en la isla y ha enviado a cientos de antidisturbios para evitar que los refugiados se dispersen. A corto plazo, la Unión Europea financiará el traslado de cuatrocientos menores no acompañados a la Grecia continental, y las autoridades de Atenas utilizarán un ferry para instalar a mil internos más. La armada también ha enviado varios buques militares para acoger al resto, un parche para sobrellevar una herida que hace tiempo debió ser cerrada, como ha declarado el antiguo primer ministro Alexis Tsipras.

El mayor campo de refugiados de Europa ya no existe… pero las personas que lo habitaban siguen allí. Tal y como reconocen desde Light Without Borders, «el campo está totalmente devastado. La situación es de emergencia total. Miles de personas han dormido esta noche en la carretera sin comida ni agua. Hay familias con bebés que no tienen leche». Una gran parte de los refugiados se han instalado en el cementerio ortodoxo del pueblo más cercano, ofreciendo una estampa que debería resultar inconcebible en la Europa del siglo XXI.

Pero no debemos preocuparnos. Las cámaras pronto abandonarán Lesbos, cuando los inquilinos de las plantas nobles de los grandes grupos mediáticos y sus expertos en audiencias consideren que recordar este tema ya no es empresarialmente rentable. Las condiciones de vida de estos miles de seres humanos seguirán siendo las mismas o incluso peores, pero ya no las contemplaremos, y esas desagradables imágenes dejarán de enturbiar nuestras plácidas cenas familiares. Ojos que no ven, corazón que no siente. Y entonces podremos volver a debatir sobre cosas serias, como las dudas existenciales de Lionel Messi, el pelotazo de Novak Djokovic, o el intolerable sexismo de nuestras señales de tráfico.

Dánel Arzamendi Balerdi. Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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