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Control de aduanas

Mary Shelley dijo que toda política llevada al extremo debe ser producto de la maldad

Juan Ballester

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Dicen que escribir posee un efecto expiatorio y que si suelto lo sufrido con dos inspectores de aduanas alemanes, conseguiré aliviar el peso del episodio. Sientes cómo, para sacarte la espina, la mala sangre se transforma en tinta mientras el dedo índice se alarga convirtiéndose en una plumilla.

Regresaba desde el otro lado del charco, el viernes en Bogotá con los colombianos que bailaban de contento por haber firmado el armisticio con las FARC. Y tras haber convivido con Panamá el sábado -también danzaban la sandunga con la ampliación del canal-, el domingo aterricé en la Vieja Europa.

Todo comenzó cuando un empleado de Avianca canjeó mi pasaje y despegamos con Lufthansa. Al llegar a Frankfurt, caminaba en fila mirando la maleta trolley que rodaba delante y pensando que la alegría de esos países sudamericanos, contrasta con esta sociedad enmohecida. Puerto Rico me lo regaló, y Alemania me lo confirmó.

Llevaba una bolsa de regalo de 60X50 cm y un policía joven con un aire a Pablo Mármol me sacó de la fila, abrió mi equipaje, le entregué el ticket del vestido y me comunicó que estaba detenido. En la sala a la que me condujeron, un gendarme rapado me ofreció presencia de un abogado y exigió abonar una cuantiosa fianza para garantizar las resultas de un pleito penal.

-Profession?, me preguntó.

Repasando la carrera de Derecho cuando Europa estaba bajo el imperio de la ley romana, expliqué al policía que no se podía delinquir por dar un paso por un aro verde en vez de por un aro rojo, e intenté recordar cómo se dice dolo (Betrug) Como no conseguí dar con el término jurídico que significa ‘voluntad manifiesta de cometer un delito’, me defendí usando la mímica: Sosteniendo en la mano el paquete que tenía un gran lazo y simulando que atravesaba caminando el aro equivocado, repetí varias veces, No intentionality, No intentionality.

-What fabric is this dress? –me preguntó el oficial acariciando el tejido.

-Crêpe.

Informado por el agente aduanero de mis derechos, sintiéndome indefenso, le pedí si podía hacerse el daltónico. Manifesté, como en La lista de Schindler, que el verdadero poder es perdonar la vida y no quitarla, y que me permitiera volver a entrar por el aro bueno de Europa; pero él me miró con la cara de desprecio que pone en la película el oficial alemán poco antes antes de descerrajar al niño por la espalda. Se llevó el vestido, requisó la factura e incoó el expediente por sospecha de steuerhinterziehung mientras le tarareaba el himno inglés. ¿Algo que declarar? Sí. Que si esa es la puerta de la Unión europea, puedes imaginarte las cocinas de Bruselas.

Ese vestido de crepé tiene el valor epistémico de saber cómo reaccionas cuando la propia acusación se convierte en condena (El Proceso, Kafka). Al ser injustamente doblegado, nos entran ganas de bailar la danza kuduro, manos arriba, cintura sola y da media vuelta, porque el primer instinto es de escapar como ha sucedido a Mario Conde o Imanol Arias.

Mary Shelley dijo que toda política llevada al extremo debe ser producto de la maldad, y añado que, a su vez, soportar la injusticia genera más malicia. Y viendo al policía alemán intentando localizar por la red el vestido en la colección primavera-verano, comprendí que los pueblos del Norte nos conquistan en una primera fase, pero que luego son reconquistados por la cultura superior de los climas más suaves. Tras una exhaustiva investigación buscando el tejido, de repente les entró a un ataque de risa floja al descubrir que crepé, se decía igual en alemán que en español.

-Ja, ja, crepe ist das gleiche wort in Spanisch auf Deutsch, ja, ja. Cameron la ha liado convocando un referéndum que ha descosido al Reino que ya sólo está unido por su asentamiento en la Gran Bretaña. Y que ha demostrado que el barco de una Europa asociada garrea porque no está anclado en el fondo marino. A diferencia de la canción La gozadera que describe a una Sudamérica ligada por la salsa, si te vas yo también me voy como Holanda y Dinamarca quieren marcharse. Escocia (62%) quedarse, y la noticia sería que las dos Irlanda (56%) desean unirse o que Islandia ha ganado a Inglaterra en la Eurocopa, si no fuera porque Londres (75%) se plantea separarse del Reino Unido.

Esos dos polis son la Unión Europea. Dicen que van a ser duros con los hooligans para avisar a navegantes, pero ahora mandan los sentimientos de tribu. Me siento más identificado con alguien mediterráneo -de Asia o África- o hispanoamericano, y deseaba que España se fuera de la Unión, Catalunya, de España, Tarragona, de Catalunya, mi casa, de Tarragona, y emprender un viaje astral para abandonar mi cuerpo y no vivir en un mundo donde ya nadie es capaz de preguntarse para quien trabaja.

Tras varias generaciones de funcionarios públicos sin antecedentes penales por contrabando, soy la vergüenza familiar. La escritura no puede redimirme, parece que imaginando en un bufet de Benidorm resbalando por la cabeza del inspektor la mostaza y el kétchup, te sacas de encima el expediente. Pero los que se desternillaban comprobando la cantidad de palabras que comparten los idiomas, alemán y español (beige, prêt-à-porter, boutique, restaurant, chef, korset o frack), fueron ellos.

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