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Convivencia cultural

Tenemos la obligación de diferenciar al criminal fanático del musulmán de bien que profesa un credo que condena la violencia
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S on necesarios muchos matices en el análisis de la lucha contra el integrismo islámico. En primer lugar, hay que señalar que la gran mayoría de la población musulmana está perfectamente integrada en Europa, y que los activistas forman parte precisamente de la minoría que no lo está; los hermanos Kouachi, de ascendencia argelina, eran un claro ejemplo de marginalización, de desintegración, como buena parte de la juventud francesa, víctima de una crisis social muy importante. En segundo lugar, debe tenerse en cuenta que el colectivo islámico mundial no es homogéneo. El islamismo está desde hace décadas en estado de permanente guerra civil, por lo que sería profundamente injusto culpar a los musulmanes moderados de los desmanes de quienes también quieren exterminarlos. Finalmente, cada vez son más los musulmanes que, a pesar del conflicto moral que les plantean los insultos a su profeta, expresan su condena al terrorismo. En la gran manifestación de París había representantes de numerosos estados musulmanes, y en Europa se han escuchado muchas voces de recriminación a estos crímenes. Así pues, tenemos todos la obligación de diferenciar al criminal fanático del musulmán de bien que profesa un credo compatible con los valores democráticos. Dicho esto, es preciso acentuar la evidencia que la gran diversidad interna de la sociedad europea sólo será fecunda en un marco de tolerancia que todos estamos obligados a practicar.

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