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Corpus, día de la caridad

La fiesta de Corpus Christi, con tan antiguas raíces históricas entre nosotros, tiene una doble significación
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La fiesta de Corpus Christi, con tan antiguas raíces históricas entre nosotros, tiene una doble significación que se complementan: la exaltación de la Eucaristía y la caridad fraterna. Ambas fueron unidas por Jesucristo el mismo día, el Jueves Santo, en el Cenáculo, cuando instituyó el gran sacramento y lavó los pies de sus discípulos dejándoles en herencia el mandato del amor. La Iglesia ha conservado el doble carácter de esta fiesta, consciente de que la celebración de la Eucaristía si no nos llevara a amar al prójimo como Dios le ama, sería falsa. Y sabedora también de que la actividad caritativa de la Iglesia si no se basara en el misterio del amor divino, se diluiría en una obra asistencial más, una variante de ONG sin más mensaje para el mundo.

El pasado sábado 30 de mayo recordamos esta unión del amor a Dios y el amor a los demás en la celebración del 50 aniversario de Cáritas Diocesana de Tarragona, cuando tuve ocasión de celebrar la Eucaristía en la Catedral acompañado de los sacerdotes que han sido delegados episcopales de esta institución que trabaja, como tantas otras, a favor de las personas más necesitadas.

Animo a cuantos trabajan en este campo de la asistencia, recordando unas palabras del papa Benedicto XVI: «Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad». El cristiano actúa así sin hacer acepción de personas, ideologías o religiones. Todos quienes llaman a nuestra puerta merecen ser atendidos. Y también quienes no tienen fuerzas ni para acudir y debemos ser nosotros quienes les salgamos al encuentro.

En la tradicional procesión eucarística del Corpus Christi, llevamos al Señor por las calles ciudadanas. Pero, aunque de otro modo, también llevamos su presencia cuando nos detenemos para atender a los pobres, o cuando acudimos a algún lugar a «perder el tiempo» ayudando como voluntarios en labores asistenciales.

El rostro de Cristo se ve en el hermano del mismo modo que en Cristo conocimos por revelación que Dios es un padre amoroso que vela por todos nosotros.

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