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Corrupción más allá de la política

Con los papeles de Panamá a la vista, se llega a la conclusión de que no se puede fiar el cumplimiento de la ley a la ética voluntarista

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En estos tiempos de gran proliferación de la corrupción en el sector público, que tiene efectos políticos notorios y dificulta la gobernabilidad de los estados, resulta ilustrativo observar que también abunda la siniestra golfería en el sector privado, en todos los ámbitos imaginables. En la industria, por ejemplo, ciertos hallazgos recientes, casi siempre fortuitos, nos han informado de que el sector automovilístico, sin ir más lejos, ha hecho trampas en un grado inimaginable para abaratar costes y eludir ordenanzas medioambientales. Primero fue Volkswagen la empresa que quedó en evidencia al demostrarse la manipulación del software para encubrir una excesiva emisión de gases contaminantes; más tarde, se ha sabido que Mitsubishi falseaba también las estadísticas de consumo de sus vehículos. Y hay sospechas de que otras marcas cometían marrullerías semejantes con el fin de eludir la legislación y sacar provecho comercial. De donde, con los papeles de Panamá a la vista, se llega a la conclusión de que no se puede fiar el cumplimiento de las reglas a la ética voluntarista. Para que los funcionarios públicos o los empresarios privados no delincan ni se apropien del dinero ajeno ni nos engañen con sus reclamos publicitarios no hay más remedio que regular y controlar. Este debería ser el papel civilizador de los nuevos estados, que ya no son empresarios ni fabricantes pero que deben garantizar a todos la equidad y el principio de legalidad.

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