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Corruptos versus solidarios

El año que se acaba mañana deja sensaciones contradictorias
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El año que se acaba mañana deja sensaciones contradictorias. Hemos visto hasta donde puede llegar la falta de honradez, el ansia por el dinero fácil, la caradura... Hemos tenido que soportar caso tras caso de corrupción. Han caído mitos como Jordi Pujol, al que encima algunos siguen defendiendo. El que como político hiciera muchas cosas bien no justifica que se le perdone que defraudara a Hacienda ni que se tolere que desafiara al Parlament abroncando a los diputados que no hacían más que su trabajo. Y demasiado suaves que estuvieron con un defraudador al que muchos de los que ahora le critican, en su día le doraban la píldora para catar poder, aún sabiendo que no era trigo limpio. Hemos alucinado con la falta de vergüenza de unos directivos bancarios que tiraban de la tarjeta para caprichos escandalosos. Y que se las daban de tontos como si no supieran que tenían que declarar a Hacienda. Muchos han jaleado –otros nos hemos entristecido– con políticos incapaces de moverse un milímetro (léase Mariano Rajoy) o a los que no les importa que su patria se hunda con tal de conseguir un admirable y deseable sueño –la independencia– pero que no se cumplirá por los caminos por los que nos llevan (léase Artur Mas, Oriol Junqueras y toda su cohorte). Nos hemos sorprendido ante el auge de una formación –Podemos– que quizá sea un revulsivo para limpiar la ciénaga política o que, por contra, nos arrastre a un régimen al estilo venezolano. Hemos soltado un «¿otra vez?» ante las noticias de misteriosas catástrofes aéreas o ante las que reflejan el gatillo fácil de los policías de EEUU sobre todo contra los ciudadanos de color. Pero también hemos asistido al crecimiento de la solidaridad. En épocas de crisis como la que seguimos viviendo –por mucho que nos quiera engañar el PP–, ha surgido una oleada de solidaridad. Hay cientos de corruptos, pero también miles de solidarios. No está todo perdido. Aún queda bondad en el ser humano.

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