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Cortar la N-340

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Cada tanto hay acontecimientos que hacen que una renueve la confianza en la especie humana. Normalmente son episodios en los que interviene una comunidad en bloque, a partir de un plan, nacido de una voluntad indestructible y, lo más importante, guiada por el objetivo claro del bien común, sea este modesto o ambicioso. A mí esto me pasa, por ejemplo, cuando veo alzarse un castell –no me importa de qué colla– y con las movilizaciones del Onze de Setembre. No hablo de nada similar al patriotismo. Me refiero a lo que somos capaces de hacer cuando nos da la gana, cuando nos lo proponemos con todas las fuerzas. Del poder de la decisión y del compromiso.

Ayer en Camarles cortaron la N-340 por la decena larga de muertes en lo que va de año en un tramo conocido como la carretera de la muerte. Entre 2010 y 2012, según el RACC, ha habido 72 muertos y 130 heridos graves. O sea, un muerto o herido grave cada cinco días. Como en aquel eslogan de la lotería: te puede tocar a ti.

Las protestas por la elevada siniestralidad se remontan a ni se sabe. Yo bajaba a la Ràpita en los 90 a clases de música y ya era una carretera peligrosa. Según denuncian los alcaldes, las soluciones están sobre la mesa desde el año 2000, pero encalladas sin presupuesto. O sea, que cuando la última víctima mortal, un joven precisamente de la Ràpita de 25 años, era un niño de 10, ya se sabía cómo solucionar el problema de la carretera en la que, 15 años más tarde, él acabaría matándose. Venga ya. Baix Ebre y Montsià, os estáis dejando tomar el pelo. Por los de allá y por los de aquí. Y me sorprende. Igual que sé que sois tierra de buenos músicos, sé que los tenéis bien puestos. Debería cortarse la carretera cada día. No lo entiendo.

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