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¿Cosas de conspiranoicos?

Rafael Servent

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Richard Stallman lleva años pregonándolo. El activista más conocido en el movimiento del software libre no se cansa de alertarnos de los riesgos que asumimos al utilizar cualquiera de los programas privativos que tan alegremente instalamos en nuestros smartphones y ordenadores. El principal de esos peligros, el fin de la libertad y la oportunidad para el totalitarismo más agresivo que jamás hayamos imaginado. Con sus melenas y sus barbas descuidadas, Stallman es a menudo ridiculizado como un conspiranoico. No tiene (ni piensa tener) smartphone, rarísimas veces navega por Internet con su propio ordenador, no usa tarjeta de crédito o débito, lee libros en papel y escucha música en tocadiscos. Y no: no está en Facebook (aunque haya perfiles falsos de él para aburrir).

Cuenta que no quiere que un día algún desequilibrado sin escrúpulos llegue a la Casa Blanca (es un supuesto) y de repente se dedique a mirar qué libros ha leído o qué música ha escuchado ese tal Stallman (o ese tal Smith, García, Pujol, Dupont, Müller, Wang...). Que si la Revolución Digital hubiese emprendido otro camino, allá en la década de los ochenta, nuestro mundo sería distinto. Pero que siempre podemos hacer cosas para cambiar la realidad. Hace más de un siglo y medio, otro señor barbudo y con melenas mantenía debates parecidos sobre el rumbo que había tomado la Revolución Industrial. Se llamaba Karl Marx. Luego vinieron otros, como Hitler o Stalin, que aportaron lo suyo.

Queramos o no, nos vamos repitiendo. Pero ya se sabe que Stallman es un tremendista, y los totalitarismos no son una posibilidad verosímil. ¿A que no?

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