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Crisis de civilización

Lo más grave es que hemos cartografiado el mundo, pero nos hemos olvidado del cartógrafo

Elvira Masiá Espín

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Crisis de civilización

Crisis de civilización

El sistema capitalista ha encumbrado al becerro de oro y parece no tener freno, hasta el punto de privatizar y explotar en beneficio propio bienes comunes como el agua, los bosques, las costas, las semillas agrícolas, los fondos marinos, el subsuelo… e incluso exprime indignamente a los seres humanos. La ambición sin límites ha propiciado la crisis económica, pero la cosa es más profunda. Varias son las voces que apuntan además a una crisis de civilización. Y así, cada año, con el calorcillo del verano se desata la violencia. Hierve la marmita social que previamente se ha ido alimentando con material incendiario.

En EE.UU., cocidos en su propia salsa y con facilidad pasmosa, van despachando gente al otro barrio, en una larga lista que por ahora culmina en Orlando. Por lo que aquí respecta tenemos un escogido catálogo de calamidades, a saber: la pérdida de derechos sociales y laborales, los jóvenes ni–ni sin expectativas, los otros que, a pesar de estar preparados, tienen que emigrar para poder realizar su proyecto vital, los graves incidentes durante la Eurocopa, las hordas urbanas que invaden nuestras ciudades y zonas de veraneo arrasando impunemente, las mujeres agredidas y las muertas, los refugiados, los ahogados, las humillaciones y burlas a los pobres lanzándoles monedas, los niños y niñas, solos, a merced de las mafias…

El malestar de la cultura (S. Freud) es evidente, sólo que ahora no procede del sentimiento de culpa, sino todo lo contrario. Mientras, instalados en la certeza, los políticos actuales dicen querer nuestro bienestar, pero olvidan lo más importante: que cada ser humano es único, que llega a este mundo con necesidades legítimas que satisfacer –tanto materiales como espirituales–, y que, así como una mosca cuando nace puede funcionar como mosca con todas sus potencialidades actualizadas, es decir, ya está hecha, nosotros, por el contrario, no lo estamos. Tenemos que «hacernos», y eso sólo se logra con la educación, desarrollando las capacidades de cada cual y respondiendo a los desafíos que nos impone la realidad.

La realidad es compleja y dinámica, pero la educación aún está planteada para que reaccionemos de forma lineal, cuando las guerras que libramos son simultáneas, porque el ser humano también es complejo. Además, estamos más por la competición que por la cooperación. Y eso es ir en contra nuestra propia naturaleza, pues el Universo entero es una gran organización cooperativa. Y nosotros no somos ajenos a él. Lo más grave es que –como afirma K. Wilber–, hemos cartografiado el mundo, pero nos hemos olvidado del cartógrafo. Y como consecuencia abundan las calamidades.

Los seres humanos somos cocreadores de nuestra propia evolución y no todos estamos a la altura de las circunstancias. Cada nueva emergencia –en el campo que sea–, lleva aparejada nuevas exigencias y nuevas responsabilidades, y eso no tiene que ver necesariamente con el dinero, sino con la preparación y con la calidad humana. Las leyes garantizan la convivencia, muy bien, pero existe un desprecio generalizado por las enseñanzas de las religiones: no matar, no robar, no mentir… por pensar, erróneamente, que son imposiciones que persiguen fastidiar y controlar al personal, cuando en puridad se trata de sabiduría milenaria para que la comunidad funcione.

La buena educación tiene que ver, no sólo con ser un buen profesional o tener buenos modales, sino con la gestión de las emociones (D. Goleman), con la empatía, con tener información y saber utilizarla bien, con asumir las frustaciones que inevitablemente surgirán, con constatar que tenemos vida interior y que lo más esencial de nosotros mismos es invisible… Sabemos que las drogas alteran la química del cerebro. Pero casi nadie repara en que también lo hacen los pensamientos. Ojo, pues, con lo que nos metemos en el cuerpo pero, sobre todo, con qué amueblamos la cabeza. Desgraciadamente los estudios científicos están más valorados que las humanidades. Y es precisamente en las humanidades donde el factor tiempo y el cambio son elementos cruciales. Una lástima, pues tanta verdad contiene una fórmula matemática como una poesía o una reflexión sobre cualquier experiencia.

El cartógrafo es lo más importante, no lo olvidemos. Y lo es porque para bien o para mal, cuando elementos individuales se juntan, el todo es más que la suma de las partes. Las sociedades modernas sufren, por ese motivo, fluctuaciones internas. Esas fluctuaciones pueden ser desastrosas o, por el contrario, pueden desencadenar cambios hacia un orden superior más elevado. De nosotros depende. El dinamismo de la realidad se comporta del siguiente modo: ante una situación caótica, si la tensión no conduce a asumir, trascender, reordenar y continuar en un nivel superior, lo que sucede es el colapso de ese caos, y el resultado es la disolución.

En los seres humanos sucede algo parecido, de modo que uno puede mejorar con el tiempo por haber integrado y trascendido todo lo que le ha pasado en la vida, o, por el contrario, puede verse abocado a la degradación, a la entropía siempre omnipresente, que tira hacia abajo. Ken Wilber escribe: «Cuanto mayor es la profundidad de una cultura, mayor es también el abismo cultural, el abismo que existe entre la profundidad promedio que ofrece esa cultura y el número de quienes realmente pueden alcanzarla». Y añade: «nuestro problema real es que ni siquiera podemos pensar en el abismo cultural. Y no podemos hacerlo porque vivimos en un mundo chato, un mundo que no reconoce la existencia en grados de conciencia, de profundidades, de valores y de méritos. En este mundo todo tiene la misma profundidad, es decir, cero» (K. Wilber, Breve historia de todas las cosas).

El mismo autor concluye que se trata de un mundo chato porque niega la transformación interior. De todo ello se deduce una perogrullada en la que no se piensa demasiado: si queremos mejorar la sociedad, lo primero es la atención al ser humano. No existe nada más prioritario.

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