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Cuando los refugiados fuimos nosotros

Dánel Arzamendi

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Acaba de caer en mis manos un interesante artículo publicado hace un tiempo en The Guardian, recomendado por un amigo periodista que recientemente ha retratado con su cámara el drama del éxodo sirio. El reportaje del diario londinense rememora un episodio histórico llamativamente silenciado durante décadas, pese a tratarse del mayor desembarco único de refugiados en toda la historia británica: Basque child refugees meet for final reunion, 75 years after arrival in Britain. Los que afortunadamente nacimos prácticamente en democracia solemos tener cierta tendencia a suspirar de hastío cuando nos hablan de la Guerra Civil, pero el recuerdo es muchas veces el mejor camino para no cometer algunos errores de los que fuimos víctimas en el pasado, o para aprender a imitar hoy la magnanimidad que en su día otros nos brindaron desinteresadamente.

Situémonos en la primavera de 1937. El ejército franquista afronta una feroz campaña en el norte para hacerse con las acerías vascas, un objetivo fundamental para proveer de armamento a sus tropas, con la inestimable ayuda de la aviación nazi. Ya han sido varias las poblaciones que han sufrido el fuego de la Luftwaffe (Otxandio, Durango…) y diversos países han abierto sus puertas para acoger a los damnificados por la contienda. No es el caso de Gran Bretaña, atenazada por el cobarde apaciguamiento del primer ministro Stanley Baldwin, quien se niega a tomar una medida que Adolf Hitler podría considerar inamistosa. Pero todo cambia el 26 de abril, cuando la Legión Cóndor comandada por Wolfram von Richthofen arrasa la villa de Gernika, símbolo de los fueros vascos, matando a centenares de civiles. La opinión pública británica exige a su gobierno que abra las fronteras a los refugiados de la guerra, aunque sólo sea a sus víctimas más débiles: los niños. Downing Street termina cediendo.

El 21 de mayo de 1937 el buque SS Habana, con capacidad para cuatrocientos pasajeros, parte del puerto de Santurtzi con cuatro mil niños a bordo, hijos de familias de toda condición. Josefina Stubbs, quien entonces apenas contaba diez años, recuerda con nitidez aquel viaje infernal a través de un Atlántico encabritado: «No me quería ir y mi madre tampoco quería que nos fuéramos. Pero mi padre dijo que sólo serían unos meses, así que cogí mi muñeco de peluche y embarcamos. El barco era terrible. Ni siquiera había espacio para tumbarse. Aún recuerdo el sonido de los gritos y los llantos».

Después de aquella brutal travesía, el barco atracó finalmente en los muelles de Southampton, donde les esperaba el Dr. Richard Ellis, encargado de garantizar que los niños no portasen enfermedades contagiosas: «Cuatro mil niños mareados y hacinados en un viejo barco, contagiándose el vómito en aquellas letrinas… No era un espectáculo agradable». Los exhaustos y desorientados viajeros fueron trasladados a un campo de refugiados improvisado en Eastleigh. Aunque el primer ministro británico había permitido su desembarco, el gobierno como tal no se haría cargo de aquellos chiquillos para no irritar al III Reich, de modo que fueron diversas organizaciones humanitarias las encargadas de acogerlos: la Iglesia Católica, el Ejército de Salvación, la duquesa de Atholl (que aportó una suma de dinero por cada niño), numerosos grupos de voluntarios…

Tras la caída de Bilbao, el gobierno franquista exigió a Gran Bretaña la repatriación de los niños, pues el asilo de estos «refugiados de guerra» ponía en cuestión las garantías de seguridad y protección a todos los ciudadanos que el nuevo régimen español proclamaba. Algunos volvieron inmediatamente, aunque otros muchos permanecieron en Inglaterra, ya fuera por la muerte de sus familias o por el rechazo de algunos padres a que sus hijos vivieran en un país subyugado por una dictadura militar. El número de repatriados fue aumentando con el paso de los años, aunque cerca de cuatrocientos no regresaron jamás.

Desde hace décadas este grupo de octogenarios británicos, entre los que se encuentra Josefina Stubbs, se reúne anualmente para mantener vivo el antiguo e íntimo lazo que les une. Precisamente, el artículo publicado en The Guardian informaba sobre una reciente comida de aquellos «niños vascos», una reunión en la que decidieron con dolor que aquel sería el último encuentro de sus vidas, teniendo en cuenta su avanzada edad. Hasta siempre.

Esta fascinante historia resulta mucho menos lejana de lo que pudiera parecer. En primer lugar, porque se refiere a unos acontecimientos relativamente próximos en lo temporal y lo personal. Sin ir más lejos, mi propia familia materna tuvo la oportunidad de escapar a Inglaterra en plena Guerra Civil. El lehendakari Aguirre intentó convencer en dos ocasiones a mi abuelo, médico y dirigente del PNV, para que huyera con su familia a Londres, pero él se negó a abandonar a sus pacientes en plena desbandada. Su nombre aparece hoy en un monumento dedicado a quienes murieron a manos de los franquistas tras la caída de Arrasate.

Pero estos hechos también gozan de plena relevancia por la polémica que vivimos actualmente sobre la procedencia de recibir a los refugiados que escapan del conflicto sirio. En mi opinión, podemos discutir la forma de articular ordenadamente esta acogida, la necesidad de establecer controles para evitar la infiltración de indeseables, incluso la posibilidad de que los refugiados colaboren en la medida de sus posibilidades para sufragar su estancia. Sin embargo, el rechazo sistemático a quienes huyen de la guerra choca frontalmente con los valores occidentales. Recordemos que una vez fuimos nosotros los que necesitamos esa ayuda, y nos abrieron las puertas de Francia, de México, de Argentina, de Chile… Cuánta razón tenía Mario Puzo: «El tiempo hace estragos en la gratitud, aún más que en la belleza».

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