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Cuba hacia la normalidad

Obama podrá alardear de haber puesto racionalidad en un conflicto absurdo
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Los hermanos Castro han sobrevivido a diez presidentes norteamericanos. Esta sola evidencia pone de manifiesto el naufragio de la estrategia norteamericana para derrocar la dictadura cubana tras el fracaso del desembarco en Bahía Cochinos en abril de 1961, auspiciado por Kennedy, dos años después del triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959, después de 25 meses de una intensa guerra de guerrillas que terminó venciendo al régimen de Batista.

El embargo comercial que Washington impuso a Cuba en 1960 fue la respuesta a la expropiación de innumerables propiedades de compañías y ciudadanos norteamericanos en la isla; primero se limitó alimentos y medicinas pero desde 1962 se volvió casi total. En 1992, adquirió rango de ley –la Cuban Democracy Act– que consolidaba el statu quo en tanto el régimen de la isla no se abriera políticamente y respetara el catálogo de derechos humanos. En 1996, la famosa ley Helms-Burton –-famosa porque afectó a numerosas empresas españolas–, endurecida por Clinton en 1999, impedía a filiales extranjeras de empresas norteamericanas violar el embargo y represaliaba a las empresas de terceros países que comerciaran con cuba (la dudosa trasnacionalidad, de difícil encaje en el derecho internacional).

El embargo, condenado sistemáticamente por Naciones Unidas, se apoyó políticamente dentro y fuera de los Estados Unidos en la guerra fría, ya que lógicamente Cuba buscó sostén en los adversarios de los norteamericanos, el bloque del Este controlado por Moscú. Pero concluida ésta, es claro que la presión ejercida desde el exterior ha sido la gran coartada del castrismo para el inmovilismo y su legitimación –más o menos cínica, según criterios– para mantener en el interior una disciplina cuasi castrense para defenderse del asedio. El numeroso y muy intransigente exilio cubano a los Estados Unidos, muchos de cuyos miembros consiguieron pronto relevancia e influencia sociales, fue también un obstáculo para cualquier solución negociada. Sin embargo, las cosas parecen haber cambiado, y hoy –en Florida, por ejemplo, donde vive gran parte de la colonia cubanonorteamericana– se escuchan muchas voces en esa comunidad partidarias de acabar el embargo como medio para que se acelere el deslizamiento del castrismo hacia la democracia.

Al fin, Obama parece decidido a romper el círculo vicioso acción-reacción que ha mantenido en pie el castillo cubano, muy duro de soportar por una ciudadanía muy castigada y a merced de las sucesivas coyunturas. La normalización de relaciones diplomáticas, que sí está en manos del presidente USA, no supondrá el fin del embargo, que al estar reglado legalmente tan sólo podrá ser abatido por el Congreso, pero sí abrirá una brecha en la estrategia –equivocada– del bloqueo, que los republicanos ya no podrán taponar de nuevo a pesar de su actual mayoría. Y bien puede decirse con toda seguridad que si se abren las fronteras, se facilita el viaje de los norteamericanos a la isla y de los cubanos a Norteamérica y se incrementan las relaciones comerciales –es irónico que, pese al bloqueo, USA sea el primer proveedor de Cuba, aunque en condiciones difíciles y al contado–, la rigidez del régimen castrista se cuarteará y la ‘Revolución’ acabará experimentando una transición que, guardando las distancias, recordará la que aquí vivimos en los años 80. En ambos casos, el pueblo será el que marque los vectores de avance. Y Obama, tan controvertido, podrá alardear de haber puesto racionalidad en un conflicto absurdo y muy lesivo para sus víctimas.

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