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Cuenta atrás para el 27-S

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El President Mas entregó el pasado lunes el XXVII Premi Internacional Catalunya a Jane Goodall, quizás la más prestigiosa naturalista de un trío de primatólogas completado por Biruté Galdikas y Dian Fossey. Aun así, fueron los trabajos de esta última los que adquirieron mayor notoriedad pública, tanto por el dramático peaje personal que tuvo que pagar por seguir su vocación, como por el fantástico biopic que Michael Apted rodó en 1988. En esta película descubrimos hasta qué punto un grupo de gorilas de lomo plateado estaba dispuesto a luchar por convertirse o seguir siendo el macho dominante de la manada, un comportamiento que demuestra el cercano parentesco que une a humanos y primates.

En ese sentido, es una verdadera lástima que Jane Goodall no nos visitara hace un par de semanas, pues habría podido presenciar en directo la encarnizada lucha entre los líderes de CDC y ERC por encabezar el nuevo grupo nacido tras la fusión de dos familias preexistentes. Ambos clanes tenían su propio dirigente, lo que obligaba a clarificar quién ostentaría el mando del incipiente colectivo a partir de ese momento. El líder más veterano mostraba ciertos signos de agotamiento desde hacía varios meses, lo que animó al más joven a disputarle el mando sobre el conjunto. Sin embargo, la inteligencia y la experiencia del contendiente de mayor edad compensó el arrojo y la fuerza de su rival, y finalmente el aspirante tuvo que retirarse derrotado y humillado. Parece que los humanos seguimos repitiendo los patrones de nuestros primos en las montañas de Virunga.

Una vez confirmado que el verdadero candidato de Junts pel Sí será el convergente Artur Mas (escaparates estratégicos al margen), y tras anunciarse el despido objetivo de Alicia Sánchez Camacho por incapacidad manifiesta para asumir eficazmente su puesto de trabajo, comienza a clarificarse finalmente el menú que se nos ofrecerá en las elecciones del 27-S. Aunque la multiplicidad de ejes de confrontación complica la sistematización de los contendientes, intentaré proponer una posible clasificación basada en tres grandes grupos de partidos: los que están medianamente contentos con lo que hay, los que pretenden volarlo todo para ofrecernos la luna, y los que consideran imprescindible una reforma dialogada para salir del actual laberinto.

En primer lugar tenemos al conjunto de formaciones que, con más o menos matices, considera que el actual modelo económico y político es satisfactorio: PP y Ciudadanos. Es cierto que Albert Rivera ha sido uno de los dirigentes más críticos con Rajoy, pero esta distancia debe ser matizada en un doble sentido: por un lado, es de manual que una nueva formación necesita zarandear al partido tradicional cuyo caladero de votos pretende esquilmar; y por otro, lo que frecuentemente recrimina C’s al PP no es lo que hace sino cómo lo hace, fingiendo en ocasiones un debate ideológico donde realmente sólo hay un reproche por ineptitud y corrupción. En cualquier caso, los populares catalanes saben que Rivera les ha arrebatado el voto españolista centrado de las clases medias y altas urbanas, lo que les ha obligado a encomendarse al lepenismo populista de Xavier García Albiol para minimizar la debacle. Veremos cómo resulta.

En el segundo grupo tenemos a las formaciones rupturistas que prometen convertir Catalunya en el mundo de Pin y Pon reconstruyéndola desde cero. Esta corriente adanista estaría fundamentalmente representada por la lista del President (Junts pel Sí) y la versión local de Podemos (Catalunya sí que es pot). Ambas candidaturas comparten un mismo objetivo (reventar el statu quo), una misma estrategia (idealizar su horizonte naif, ocultando los peligros del camino), un mismo método (convertir sus tesis en verdades incontrovertibles mediante sus tentáculos mediáticos –TV3 los unos, La Sexta los otros–), e incluso una misma bolsa de voto en su punto de mira (los ciudadanos que apuestan por romper la baraja pues su hastío con el sistema político y económico es tan insoportable que les resultan irrelevantes los riesgos potenciales o el principio de legalidad). Este perfil radicalizado está menguando en las encuestas, lo que probablemente favorezca una lucha encarnizada entre el independentismo y la ultraizquierda por hacerse con estos codiciados votos.

Por último aparecen en paralelo dos formaciones históricas, Unió en el centroderecha y el PSC en el centroizquierda, que comparten un mismo diagnóstico de la situación (el modelo autonómico se ha agotado) y un mismo tratamiento recomendado (reforma estructural del estado, llevando hasta sus últimas consecuencias la plurinacionalidad española reconocida en la Constitución del 78). Durante los momentos más duros de la crisis, cuando la catastrófica situación económica se veía agravada con unas perspectivas de futuro aún peores, el independentismo y Podemos marcaron sus respectivos techos electorales. Lógico. Sin embargo, desde hace unos meses todos los estudios demoscópicos detectan un ligero retroceso de las opciones rupturistas, abriendo un hilo de luz para la llamada tercera vía.

Es de justicia reconocer la valentía, coherencia y seny de Unió y PSC al haber perseverado en la defensa pública de la reforma constitucional en unos tiempos especialmente incómodos, pues el inmovilismo y el independentismo han alimentado la radicalización social como arma electoral con efectos devastadores para la reflexión. La razonabilidad ha sido tachada de tibieza y el sentido común se ha confundido con la traición. Decía Antonio Cánovas que «la política es el arte de aplicar en cada época aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible». Los maximalismos, de uno y otro signo, ocultan siempre bajo su aspecto solemne la semilla del fracaso y la frustración. Frente a lo que pueda parecer, el acuerdo es el único camino posible.

danelarzamendi@gmail.com

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